domingo, 27 de marzo de 2011

La importancia de ser miope, y las ventajas que acarrea.


Siendo gurí chico que ni bandeaba los siete años se me atravesó la primera duda en serio de las que me viene a la cabeza: que igual había salido corto de entendederas. No me fijaba en las cosas que la maestra me quería hacer entender, me distraía en asuntos de poco provecho. Si la maestra me retaba la miraba, pero enseguida se me bajaban los ojos a sus tetas y sin remedio me zambullía en cavilaciones absurdas, de porqué las mujeres no saben mover las tetas, y si las tetas sirven para darle leche a los niños porqué las tenían  las solteras y  las viejas, y para qué  se les siguen criando hasta llegar a la barriga; pavadas que no servían para un carajo, pero imposibles de quitármelas de la sesera. Mi vieja me mandó a una vecina que me diera clases de repasada, pero no hubo caso porque la muchacha también tenía tetas. Un día me puso afuera con la cara para el sol, -dentro se veía poco por las ventanas chicas y la inexistencia de luz eléctrica-;  y ahí la vieja me hizo mirarla fijo, después me vichó de lado, me hizo rebolear los ojos, echarlos para arriba después para abajo; y al final vi por la manera de fruncir el ceño que había ensartado la idea que  llevaba barajando: que le había salido corto de vista. Como lo tenía entre ceja y ceja, en cuanto cayó mi padre se lo plantó, y para apuntalarlo bien le dijo que ella tenía parientes medios italianos que desde botijas chicos ya llevaban culos de botellas por cegatos; y que esas cosas son de herencia que  a veces pasan de los  más viejos a los más gurises saltando la parentela de en medio. Que ella viera clarito no quería decir que yo no precisara lentes, y que tenía que llevarme a un oculista. Mi padre la oyó porque no tenía más remedio, pero en cuanto la vieja paró para respirar, él le dijo que no dijera macanas, que con los ojos como bochones grandes que yo tenía, era del todo imposible que viera poco, que lo que me pasaba era por estar ocioso y me distraía de puro haragán, o a lo mejor había salido un poco burro. Pero al viejo le entró la duda, si se puso fastidioso fue por tener que gastar plata, que nunca había.  Y por otro lado estaba clavado que la vieja no se iba a ladear de lo que tenía fijo. Siempre estuvo segura que con la cabeza que nací y seguía conservando tenía sesos de sobra, y pensó que si no veía las cosas era difícil que me entraran y por eso me distraía con la imaginación. Según cuenta, estuvo un par de días haciendo fuerza para parirme, no había dios que me sacara; la mujer del taxista del pueblo que se prestó de partera se le sentaba en la barriga para ablandarme y que saliera. Las patas de la cama se clavaban en la tierra y yo hacía como que no me enteraba ni de los gritos de mi vieja. Al final salí con la cabeza como una berenjena en el color y la forma, más feo que negro con dos narices.  Y menos mal que la que hacía de partera,  toqueteándome le dio un poco de forma para juntar el hueserío y ver si aquello se acababa pareciendo a la bocha de un gurí recién nacido. La mujer tenía oficio porque la mollera de un gurí chiquito es blanda como manteca y podía haberme desgraciado. Y así y todo sucedió, que cuando tenía casi un año no la aguantaba solo, se me iba de un lado para el otro sin que tuviera gollete; no había manera, me la tenían que agarrar para que no me desnucara. Para mi madre esa cabeza grande no podía estar rellena de nada más que purita inteligencia y no iba a ser lerdo para dar respuestas. Fijo, que era corto de vista. Siendo vieja criolla, le llamaban gringa al ser de facha colorada por la italianada que le corría por las tripas, y  cuando se prendía a una idea era mejor darle lado para no tener que lidiar con la tropa de gringos que llevaba dentro. Y así nomás se puso en marcha para hallar la plata y que un oculista me mirara bien los ojos; no supe de dónde la sacó pero lo hizo. Me llevó, y tenía razón. Para desgracia de todos resulté miope. Enseguida le encargó los lentes fiados al Turco (que era judío pero nadie se animaba a decírselo). El Turco bajó las orejas y apuntó en la libreta porque nunca habíamos embrollado y nadie hablaba mal de nosotros. Que dieran algo a los pobres para pagarlo después no era cosa hecha, se tenía que haber echado fama de cumplidor. Tardaron como un mes para hacerlos pero en cuanto me los encajé ya cambió la cosa, veía todo clarito y hasta escuchaba mejor. Ahora sí, si me distraía después de la plata que se gastó sería un bolas tristes. Tenía que fijarme bien y  acertar todas las preguntas. El viejo cuando me vio se puso contento,  me dijo que parecía que ahora sabía más, que estaba igualito a los que siempre están escribiendo a la sombra mirando revirado, y que me lo estudiara todo porque los lentes costaron mucho y no los fuera a romper por andar chiviando. Me gustó tanto lo que me dijo, que hasta compadreé con mis lentes; estaba más contento que perro con dos colas.
         La mayor tragedia que la miopía le trae a un pobre, no es que vea poco, sino que tiene que ponerse lentes. Lo que ganaba mi viejo en un mes pelándose el culo en el tambo, no alcanzaba para pagarlos al contado. Y cuando ya los tuve, lo malo venía después: ¿y si se rompen qué hacemos? Aquellas ventanas con vidrios de aumentos, me cambiaron la visión de todo lo que me rodeaba. Me aficioné a fijarme tanto que más que mirar hacía fotos, me tomaba mi tiempo sin despegar los ojos de lo que quería aprender. Y eso duró para siempre; siendo ya mozo  tardé un rato largo en darme cuenta que casi todas las mujeres tenían celutitis, las estudiaba con tanta afición de la cintura para abajo cuando iban de espalda, que al llegar a las piernas ya se me habían ido. Desde ahí para delante ni se me podía ocurrir jugar a la pelota, cualquier tiro torcido de otro, me podía romper los vidrios o la armazón; y menos todavía  pelearme a trompadas, un error en la esquivada arruinaba a mi familia. Si me rompiera un brazo o una pierna no sería nada porque se cura solo; pero si eso le pasaba a mis lentes había que ir al Turco. Y encima el doctor le dijo a la vieja, que tenía que llevarlos de efectivo todita la vida. Con eso cuando fuera mozo no serviría ni para peón. Trabajar en el campo con lentes era más que fulero, y en el pueblo tampoco, habiendo pila de gente que veía bien, quién iba a querer a un miope. Cuando quisiera hacerle entender una verdad a otro, ya no podía contar con partirle la jeta si se ponía porfiado, aunque fuera la mejor forma que lo entendiera todo. Ni tirarle de lejos piedras con la onda, vaya que rebotara una y me rompiera los lentes. Me dio una rabia bárbara caer en la cuenta de todo lo bueno que ya no podía hacer; y no sabía cómo sacarme la desgracia de encima. Pero no tuve otro remedio que estrujarme el mate para encontrarle la salida. A lo del fútbol le hallé la vuelta pronto: era una bobada de jueguito, veinticinco hombres ya hechos, corriendo en calzoncillos como rabiosos detrás de una pelota pintada a cuadros. Era de risa, unos cuantos corrían para un lado y la otra parte para el otro, siempre desesperados para meter el cuero en un marco hecho con dos palos blancos enterrados y otro de travesaño. Los tres más viejos iban siempre de negro, a uno lo echaban al medio y los otros dos corrían para arriba y para abajo por los costado del campito sin salirse de una línea marcada con cal  y sujetando de un palo una banderita. El que echaban al medio no podía salirse de allí y se pasaba todo el rato haciendo ademanes y soplando un pito, mientras corría  detrás del que llevaba la pelota, pero nunca lo alcanzaba porque se paraba antes. Y alrededor del campo un montón de gente con gurises y perros, gritando como unos pavos y metiéndose fiero  con el del pito  y hasta a veces con su madre. Seguro que por eso siempre iba de luto. Y lo más raro del caso, que cuando sacaba del bolsillo un cartoncito rojo, después de soplar fuerte el pito,   se los enseñaba a todos como si fuera una estampita de la comunión, y unos le aplaudían y otros le puteaban. Y así me dije que lo de la pelota era una bobada que no valía la pena y nunca me arrepentí.
         Me fue más fastidioso renunciar a bajarles los dientes a los demás cuando fuera obligado, y nunca me he llegado a convencer del todo. Un baboso redomado de esos que no tienen vuelta, suelen aprender ligero con cuatro trompadas en el hocico y dos patadas en el ojete. Pero, ¿y si me rompían los vidrios? Y no está nada bien amansar a otros a piñazos y patadas. ¡Que sigan siendo ignorantes y que se jodan!. En ocasiones para peor, resulta que el que da lesiones a lo bruto acaba mal enseñado, o encuentra a uno que lo amansa con el mismo santiguado. Entonces; me empeñé de veras en hablar bien, quise saber decir y que se me entendiera todo, de manera que cuando fuera grande y se me engrosara el habla pudiera salvar los vidrios en parejo con mi gallardía. El camino que agarré se me hizo más poseado, pero con mejor panorama. Por otro lado chapé al vuelo que casi todos me querían más. Y mis viejos los primeros: ¡pobrecito que es cortoevista!. Mi madre recomendó a los de casa y al vecindario que ni se les cruzara pegarme en la cabeza que era malo para la vista. Aunque nunca se lo escuché, seguro que en el fondo se atajaba por los lentes y sacrificó que me fueran corrigiendo aunque lo mereciera.
         Y así empecé a verle las ventajas a la miopía, y a buscarle otras nuevas. Mi padre nunca me cacheteó, si me tiró algún viaje siempre apuntó a errar, no fuera a ser que por su culpa me saltaran los lentes. Y entonces me hablaba. Y la vieja también, aunque en ocasiones para apoyar la conversa se ayudaba de una vara de mimbre que tenía en el rincón de la cocina, que cuando me la aplicaba me dejaba las canillas ardiendo. Me fui acostumbrando a los lentes y a leer todo lo que encontraba a mano aunque fuera un pedazo de diario de un par de años antes, y me hice a la idea  que el que lee y lleva lentes siempre sabrá más que el que trotea al sol descalzo o se sube a los árboles haciendo macacadas. No hay más que ver que los hombres que salen retratados en los papeles, siempre van con lentes y además tienen la cabeza pelada y brillosa porque no se les aguanta el pelo; otra suerte que de yapa me dio el destino al poco tiempo. Además por cierto, si la cara de uno resulta incómoda de mirar o no encaja bien en el conjunto, con unos lentes de armazón linda se puede repechar. Aunque verídico es que en aquellas tareas a las que me obligaba el tironeo de mis urgencias los lentes no me ayudaban nada. Cuando descargaba camiones con bolsas de harina, me torcía la realidad el polvillo en los vidrios al juntarse con el sudor que me goteaba de la frente, tanto, que a veces tenía que tantear con las manos para no tastabillar. En las vendimias en ocasiones algún sarmiento me obligó a coser la armazón con alambre. En la fábrica de chorizos cada vez que salía de la cámara se me empañaban los vidrios de vaho y tenía que mirar por arriba para no llevarme nada por delante. Cuando hice de albañil siempre los llevaba salpicados de portland como cagaditos por las moscas o de algún otro bicho con más culo; y siendo mensajero cualquier garúa me dejaba la visión con lamparones. En fin, en todo lo que a mí no me gustaba mucho, mis lentes no me ayudaron. Pero es más verdad que cuando me hice universitario mis lentes se portaron macanudo, estuvieron tan a gusto con lo mío que engordaron de lo lindo: les doblé  el grueso de los vidrio. Fue entonces cuando mis lentes y yo estuvimos en comunión. Estoy orgulloso de ser miope, de no haberlo sido, seguro que hoy sería zampaboya o un bichicome.
         Si a la suerte de ser miope le anudo la otra de haber nacido en un pago que cuando hicieron el reparto de esperanzas no me llegó ni una y no tuve más remedio que mandarme a mudar ayuntado con el silencio para interpretarlo a mi antojo; entonces quedó clarito que aunque me hubieran hecho por pedido, no habría salido tan suertudo. Suerte es tener inconvenientes que se dejen gobernar: como los míos. No hay más que mirar alrededor y ver las desgracias de los otros; haciendo un suponer en un cristiano que sea como un bratpit: todo bien hecho, con plata y mujeres que le revolotean como mosca en lo dulce; si es así, seguro que es flojo de galladuras, que se engruesa los brazos con remedios de vacuno y vive empedo todo el día. Seguro que no falla. Y eso sí que es tener mala yeta;  le salga como le salga siempre sale escaldado: si la señora se le va será porque él flojea en el catre, y si se le queda será que es pelandruna y además le mete guampas. Si  nos corremos para el lado de las mujeres pasa lo mismo o peor: si es linda de pecho, linda de atrás y linda de cara y encima se mantiene sin pedir, será porque se hizo redondear el culo, se rellenó las tetas con plástico blandito y se hizo tiraje de pellejos para andar puteando a gusto. Es más que sabido que las lindas putean o son taradas. Pero si tienen bigotes, las tetas caídas y granos en la frente, pero llevan lentes, es que salieron inteligentes, escribanas o doctoras; seguro. Se trata de emparejar haciendo justicia. La respuesta a  esto que parece un desatino está en la democracia. Es más viejo que la injusticia el saber que la gente solo se puede rejuntar en democracia si no quiere estar siempre embarullada en grescas y que la mande un milico. Y la tolerancia es el abono principal. Y para que todos entren hay que pararle el tranco a los  perfectos. Para eso no hay más remedio que encontrarle un defecto y tolerárselo después. Últimamente a los miopes nos han salido unos intolerantes del carajo con el berretín de curar la miopía. Por más baqueanos que sean, hacen sudar frío solo con que lo cuenten. Con un coso filoso como hoja de afeitar le abren a uno la tapa del ojo, le arremangan la tela para arriba y se la pegan en la ceja para que se aguante un rato, y enseguida con un soplete que echa rayos, le queman el agujero negro de la niña, le tiran un pegapega, le bajan la tapa desde la ceja y ahí se queda; después va el otro ojo;  y a la mierda la miopía. Y así sale el desgraciado lagrimeando con cara de abombado y derechito a comprarse unos lentes negros para que no le jorobe el  sol y no  le vaya a entrar una basura en el tajo que le dejó el intolerante que se quedó con su plata. Y todo para qué; ¿para que haya que hallarle otro defecto?
Ruben Romero de Chiarla, Barcelona a 27 de marzo del 2011

viernes, 18 de marzo de 2011

DIVORCIO, DINERO Y NIÑOS.


Es seguro que no existe ninguna persona de buena fe que, ante una quiebra matrimonial dé por bueno mezclar las cuestiones económicas con las relativas a los niños.  Nadie defiende tal cosa en abstracto, como nadie es capaz de separarlas absolutamente cuando el caso le atañe personalmente. Generalmente la  familia se sustenta  en dos pilares: padre y madre; y cables de tiraje que vienen de la familia de uno y de la del otro: abuelos, tíos, hermanos. Y mientras la familia subsiste, los dos pilares y los cables auxiliares soportan el peso repartido, aunque el peso soportado no sea exactamente igual en un pilar que en otro. Rota la solidaridad en el sostenimiento, las tensiones se diversifican, unos cables se destensan  y otros tiran más, y aparecen grietas y goteras donde no las había.  Y entonces, el pilar padre busca otros derroteros, intentando soportar solamente el peso de los hijos como la parte que le queda de la familia rota, y al mismo tiempo construir una alternativa con el resto de su potencial. El resto como tal, siempre es menos de lo que tenía. El pilar madre hace o pretende hacer exactamente lo mismo. Los dos se exigen compartir el peso que requiere el soporte de los hijos, pero con tendencias distintas y mayores exigencias. Los dos con la misma legitimidad e idénticos derechos; pero siempre con los restos. Sucede que en muchos casos, el resto es casi nada, o sencillamente no hay. Mientras la familia permaneció unida, por ella se dio el resto. Ninguno de los pilares suele guardar para sí potencial de sobra, y si lo hizo, aflorarlo se le hace cuesta arriba. El equilibrio emocional proporcionado por la paz familiar, el afecto, la confianza y el proyecto de vida común, propiciaba poner todo el potencial humano y todos los recursos en la familia que se tenía. Cuando esos elementos de unión –afecto, confianza y proyecto común-, se diluyen, cada elemento del entramado familiar, separado del conjunto,  pierde la utilidad que sobre el todo tenían: una mano lava a la otra y las dos lavan la cara. Separados o divorciados la madre y esposa se convierte en mujer sola con hijos; y el padre en hombre solo con hijos. La mujer necesitará reconstruir su vida, superar las frustraciones, y el hombre también. Ambos en soledad lo primero que deben hacer es tratar de encajar los errores propios cometidos, para restablecer su paz individual. En la práctica no se comienza por ahí ni de lejos, se arranca por el análisis de las culpas del otro. Culpar al otro parecer que es el bálsamo que reconstruirá la autoestima; no lo es, pero lo parece. Cuánto más víctima se siente uno, más culpable se le hace al otro. Y el culpable siempre es el fuerte y el responsable de la hecatombe. Y todo culpable ha de pagar: ¡qué pague!. Pero, los procedimientos judiciales en los juzgados de familia por los que se encausa la controversia no prevén ningún castigo; las sentencias de separación o divorcio no terminan en condenas que impongan penas al culpable de la quiebra familiar; determinar al culpable no es la finalidad de tales procesos: no se busca. Y lo peor, es que tampoco es defendible que  se encuentre; si se hiciera ,posiblemente los dos irían presos. Pero, y quizás por eso,  las víctimas no se resignan. Y hay dos víctimas; el hombre que se siente víctima de la mujer y la mujer que se siente víctima del hombre. Ninguno asume la culpa; se la atribuye al otro; y el otro que pague. Y si no se le puede hacer pagar de una manera más justa, ha de pagar con dinero. La víctima siempre consigue aliados. La mujer víctima, encuentra un entorno que le apoya en el justo designio de dejar a su victimario sin un duro. La víctima hombre recibe de su entorno la consigna de que su victimaria no se lleve nada. En la inmensa mayoría de los casos, casi todos, las pretensiones de las dos víctimas son distintas. La femenina intenta sacar, la masculina no dar. Pero resulta que lo que se saca junto con lo que no se da, constituye menos del todo que antes había para los dos y para los niños. Y los niños se convierten en instrumento para sacar y en instrumento para no dar. El hombre como sólo le quedan los hijos, de  lo que fue su familia, intenta que los extraños no reciban nada, y la más extraña de todas es la ex-esposa que además es la única culpable. La mujer se sitúa en la misma  posición, está sola y tiene a los hijos, e intenta sacar para ella y sus hijos lo máximo posible del único culpable de su situación. Las dos víctimas-culpables se atribuyen para sí la exclusividad en la defensa de la prole. Todo lo que hacen, o le hacen al otro, es por sus hijos; para ellos no quieren nada. La mujer por sus hijos hasta les busca un padre nuevo, y el hombre por sus hijos procura una madre sustituta, cualquier otra mujer lo hará mejor. Realmente ambos lo que quieren conseguir es, afecto, confianza, un proyecto común con otra persona y una nueva paz familiar; pero esa empresa comienza con hipotecas que se traen de la fallida, que hablan, piensan, piden, exigen, se quejan y sufren; y en cuanto dejan de hacerse pipí y caca inician la edad de la gilipollez. Todo incrementa los gastos: dos viviendas, dos neveras, dos lavadoras, y dos cama de matrimonio por completar en su cabida. Los niños son los mismos, pero necesitan igual espacio con cada progenitor, y acaban ocupando el doble. Antes del naufragio el barco tenía capitán, contramaestre, una marinería que les respetaba y un solo rumbo. Después quedan dos botes con un capitán cada uno, sin contramaestre, y una marinería en desobediencia jerárquica esperando ofertas y haciendo reivindicaciones sobre una mar en calma chicha. Las reivindicaciones generalmente son todas aceptadas bajo condición suspensiva de que las pague el culpable, que siempre es el otro. Y aquí es cuando el dinero deja de ser medio para conseguir cosas y se convierte en la cosa a conseguir. Y realmente es verdad que quien exige lo necesita, y quien lo niega no lo tiene. Al que exige le asiste razón puesto que tiene menos tiempo y más gastos, y el que no da también, y por los mismos motivos. Pero ninguno de los dos admite al otro que los dos  tienen menos tiempo y más gastos; admitir tal cosa al enemigo culpable sería  como reconocer que en eso se está peor; y no puede estarse peor habiéndose alejado del culpable. Resulta obligado estar mejor. Tener menos tiempo y más gastos es culpa del otro, y por ello el otro tiene que pagar. El incremento de gastos no solo viene por tener que duplicar las cosas; es que además surge la necesitad de tener más cosas y más caras. La acumulación de cosas y el incremento de sus calidades, resulta de suma utilidad para casi todo lo que se considera imprescindible. Es imprescindible mayor gasto en ropa y en todo lo que tiene que ver con la decoración externa puesto que cada uno entra en el mercado para ser merecido y lo hace con  exigencias más depuradas, y así: más cremas, más perfumes, más peluquería, y si es posible un coche descapotable de dos plazas.  Las cosas tienen que ser de buena calidad para que se vean y proporcionen rendimiento eficaz en los ratitos que quedan. A los niños hay que darle cosas a la última moda para compensar la falta de tiempo. Y hay que salir; y no a cualquier sitio si la salida consiste en encontrar; y para encontrar hay que invertir tiempo y dinero y además parecer que se está contento y desinteresado, de lo contario no se halla. Y cuando se halla hay que satisfacer el hallazgo invirtiendo tiempo y dinero; y si se abandona lo hallado se pierde lo invertido; y a empezar de nuevo. Como no se quiere repetir el fracaso, al hallazgo se le mide con el molde del culpable y como encaje solo un poco se huye de lo encontrado como gato al agua caliente. Y los niños siguen ahí, siempre se quedan esperando, no tienen otro remedio.
         Pero no siempre es así, los hay que entran en barbecho. Si es mujer, parte de la premisa que no hay hombre que valga la pena porque son todos unos cerdos; deja de depilarse, no se tiñe el pelo, ni se pinta, consigue que los amigos nunca estén; si trabaja comienza a faltar y si no lo hace no lo busca; se atiborra de ansiolíticos y procura que el culpable no se olvide de ella; se centra en la destrucción como objetivo prioritario. Como deja de ganar y tiene más gastos, necesita dinero que el culpable ha de darle; y si no se lo da, casi que mejor porque así el culpable  es más culpable y ella tiene más razón . Si es hombre parte de que todas las mujeres son putas, salvo su madre y sus hijas si las tiene; deja de planchar la ropa o no sabe; no se pone desodorante; quema el sofá con los cigarros; chorrea con cerveza todo el piso; no hace más horas extras, se le expande la barriga y prefiere pagar mujeres por hora que siempre será más barata que la que dejó. Tiene más gastos y menos ingresos, pero casi que mejor, para que no se lo lleve la guarra, que es la culpable de todo. Y los niños siguen ahí, siempre se quedan esperando, no tienen otro remedio…
Barcelona a 19 de marzo del 2011; Ruben Romero de Chiarla.-

domingo, 6 de marzo de 2011

Julio Molina Alegre

Te acordás….
Claro que me acuerdo. Me acuerdo de todo como si fuera ahora.  Qué te creés, ¿que porque haya perdido el pelo también se me han caído los recuerdos? Como si te estuviera viendo: en el tren, yendo para Montevideo los domingos por la tarde, para la Pensión de la gallega  de la Calle General Flores, en verano, cuando trabajábamos en la chanchería con Cadera; vos tenías una camisa de cuadros verdes con rayas rojas que te la arremangabas por encima de los codos y metías el paquete de Nevada en el doblés; flaco como galgo, media melena, el termo azul bajo el bazo, el mate en la mano, y un bolsito con la muda para la semana y el equipo blanco de trabajo que te lavaba Doña Blanca, tu vieja. ¿A qué vos no te acordás de cuando me comí todas las milanesas? ¡Ah, amigo!  Estábamos en la pieza de la pensión, vos, Cadera, Jorge Perrone, Pitino y yo. Vos y Cadera desde Isla Mala ya iban hablando de fútbol, creo que era cuando Cadera y Pitino hacían de directores técnicos del Peñarol de las Canteras, cuando los dos se habían comprado unas trincheras negra igualitas; y vos, me parece que hacías de juez o jugabas, de eso ya no estoy seguro. Pero lo cierto es que estaban analizando las jugadas, y de vez en cuando Pitino metía la cuchara para animar la discusión; como a mí lo del fútbol nunca me entusiasmó mucho, al menos desde cuando gurí me pusieron lentes; yo escuchaba como quién oye llover e iba comiendo milanesas; cuando terminaron la discusión ya no quedaba ni una. Pero te juro que fue sin darme cuenta, yo comía distraído  y me las zampé todas. ¡Qué joda! No estuve bien, ya lo sé… ¿Y te acordás?, cuando trabajábamos con el Pardo en la fábrica aquélla que hacíamos las carcasas de las planchas Philips; uno de los dueños me parece que se llamaba Nelson, el otro socio ya no me acuerdo. Nos trataban muy bien, nos decían cariñosamente: canarios; nos daban palmaditas en las espaldas, de agradecidos que eran con nosotros que le trabajábamos hasta dieciocho horas al día. Pero, te acordás que cuando al Pardo le machacó el dedo el balancín y descubrimos que no pagaban los seguros, y reclamamos con aquél que se llamaba Pinino, que era medio abogado y que luego lo mataron los milicos; entonces ya no nos daban palmaditas los hijos de puta, sino que se fueron a lambetearle a los milicos, a denunciarnos por sediciosos. Y los del esmaco nos echaron de Montevideo. Sí; el esmaco, eso quería decir: estado mayor conjunto; la junta militar de los milicos que mandaban y hacían desaparecer gente; nosotros les debimos dar lástima y solo nos corrieron de la capital. Y vos, el Pardo y yo, volvimos a Isla Mala con la cola entre las patas… Al poco tiempo nomás; agarramos los tres para Punta del Este;  llevamos los colchones al hombro y unos ataditos con nuestras pilchas; yo me hice una mochila con una bolsa plastillera montada en una armazón que fabriqué con la baranda de la cama de cuando era gurí, que mi viejo guardaba en el galponcito. Agarramos el tren, luego un ómnibus, y llegamos a Maldonado serios como cusco en bote, sin saber muy bien para donde agarrar…. La plata nos daba para unos refuerzos de mortadela, para galguear un par de días. Si no estoy errado, enseguida comenzamos a trabajar de peones en una obra en la Punta. Creo que se llamaba Torreón el edificio. Al Pardo y a mí nos metieron en el foso de la mezcla, y vos te fuiste a las carretillas. ¿Te acordás del capataz aquél que teníamos los peones?; era rengo y bastante hijoeputa, no nos dejaba ni respirar. Menos mal que vos y yo fumábamos y mientras armábamos el cigarro enderezábamos el lomo; más jodido lo tenía el Pardo que no fumaba y encima tenía la pata chueca. Pero a la semana y poco, ya nos pudimos comprar botas de goma y curamos las llagas que en las patas  nos hacía la cal… Había que pelearse en la casilla del que repartía las palas: para elegir la más chica. Si te tocaba una pala nueva al cabo del día levantabas miles de kilos más que si la pala estaba bien gastada; y se notaba en los brazos y la cintura; ¡joder si se notaba! …. Echábamos los bofes; ahí vimos que lo mejor para las mataduras de las manos era mearla bien por las mañanas. Mirá que hicimos techos de baños cuando estuvimos en el edificio aquél cerca de Gorlero, creo que ese se llamaba Torre del Sol; ahí casi que lo pasamos bien; todo el día con la mezcla fina mirando para arriba y escuchando la radio; no estuvo mal, los capataces casi nunca venían a rompernos las pelotas… A mí me jodió mucho cuando en los veranos no podíamos agarrar el ómnibus en el centro de Punta del Este; los desviaban por fuera porque afeábamos el paisaje a los turistas platudos. Nosotros con la olla de la comida, llenos de cal y portland hasta en los ojos, con botas de goma a media canilla y las patas envueltas en arpillera, haciendo varias cuadras a pié para que no nos vieran los ricos… Yo cuando fui a Punta del Este ya tenía decidido dejar el Uruguay; cuando me mudé a España hermano; nunca me sentí extranjero como me hicieron sentir allá, que se supone era mi país… Te acordás cuando escuchábamos a José Larralde… Escuchá, escuchá: “me fui pa la ciudá porque se me dio la gana; si ando como las ranas zapateando en el bañao, no es culpa mía cuñao, yo también soy raza humana. Sabedores de escritorios, consejeros del saber, quisiera poder creer que naciste de tu mama, con una jerga por cama, pa contarme como fue. Seguro que en otro lado no ha de ser todo tan bueno, pero andar en campo ajeno sin más razón que durar, termina por reventar hasta el genio más sereno…”  Te aseguro, ché, que cuando en la universidad aprendí  a Sartre, que era un francés medio visco que se inventó el existencialismo, y  a los filósofos griegos que se hicieron famosos hace mil años por decir que solo sabían que no sabían un carajo, nunca se me quedaron en la memoria como se me quedó Larralde; ¡la puta!, ese viejo sí que era filósofo; parecía que cantaba para nosotros y que nos estaba viendo… Al poco tiempo que llegué a aquí te mandé por carta una poesía que te dediqué; ya no me acuerdo que te puse, pero hablaba de los tiempos nuestros en las obras, de las miserias que vivimos juntos, y de las injusticias; la escribí a mano, y no guardé copia. Cuando fui a verte a Isla Mala, como a los 3 o 4 años desde que me había venido, la primera vez que fui para ver a los viejos; te visité, y lo primero que me enseñaste fue  la poesía mía: la habías clavado con chinches en la parte de dentro de la puerta del ropero.
JULIO MOLINA ALEGRE; hace un par de días me llamó mi vieja y me dijo que te habías muerto y que ya te habían enterrado. “Cuando el hombre anda en la mala, pisa caca y se resfala, pisa en los seco y también, el infierno y el edén en su suspiro se exhala…” Hermano; yo no creo en dios, pero si me equivoco y existe, ahora que soy abogado apelo a  que te trate bien, que tengas siempre yerba para tomar mate y algún compañero para conversar; que no te falte nada importante. Hoy cuando salí del despacho en la moto, sin avisarme te me presentaste en mi cabeza y me llevaste más de  treinta años para atrás y, sería por el viento, pero se me caían las lágrimas como porotos; y llegamos hasta cuando éramos unos botijas; bueno, vos no tanto: me llevás como seis años… Si por aquellas cosas alguna vez nos encontramos,  vamos a tomar mate hasta que pase un cura a caballo en un burro blanco, mientras escuchamos a José Larralde: “ se va el hombre de su pago, y es muy fácil de entender, alza hijos y mujer, vende recao y caballo, perro, gato, pato, gallo, y rancho si supo tener. Se va el hombre de su pago cansao de andar esperando, que alguno se ande acordando, que  él también es un paisano y tiene dos buenas manos, pa no vivir mendigando…”
¡Adiós compañero; hasta siempre Julio!
Ruben, 4 de febrero del 2011.-

sábado, 26 de febrero de 2011

HACEDORES DE CREENCIAS: LOS EXPERTOS

  • Cualquier actividad: económica, profesional o política, se apoya o intenta fundamentarse, en los expertos como especialistas. En la geopolítica ningún experto especialista previó con acierto la caída del muro de Berlín, ni la consiguiente desintegración del los que fue la Unión Soviética con su Pacto de Varsovia, ni la paralela unificación de Alemania. Cuando se produjo lo comentaron previeron y erraron.  Los expertos especialistas en calificación de riesgos y solvencias de los países del mundo occidental no previeron la crisis económica en la que estamos. Ninguno de ellos apretó el botón de alerta en tiempo útil en relación a las “solventes” entidades financieras que hace unos años acabaron en quiebra, con importantísimas personalidades del mundo financiero en la cárcel por estafas masivas, de las qué fueron “victimas” relevantes inversores rodeados de expertos especialistas. EEUU, país al que se le supone mayor especialidad en seguridad nacional, fue incapaz de prever y evitar el ataque a las Torres Gemelas, cuando sucedió lo analizaron, y previeron como solución invadir Afganistán; como lo analizaron mal y previeron peor, ahora están tratando de salir de allí y no saben cómo. Extraordinarios expertos consideraron que invadir Irán con excusas ciertas o inventadas resolverían importantes cuestiones de seguridad para el mundo occidental; dieron por acabada la guerra cuando en realidad estaba empezando, al tiempo que desbarataron su propia excusa al no encontrar armas de destrucción masiva. A la crisis económica no la vieron venir ni los expertos del Fondo Monetario Internacional ni los del Banco Mundial. Cuando estaban metidos en ella, han hecho diversos diagnósticos y extendido distintas recetas; primero que pasaría pronto, luego que duraría más, algunos que duraría siempre y otros que no se sabe. En cuanto al remedio: primero que lo solventaría la inversión pública y el auxilio a las entidades financieras privadas con fondos públicos; luego que se solventaría retirando la inversión pública, ahorrando mucho y suprimiendo las primas que las entidades financieras daban a sus ejecutivos -expertos especialistas en cobro de bonus para ellos-. Mientras tanto los expertos especialistas seguían estudiando una solución para el terrorismo internacional originado, según ellos,  por el extremismo religioso del mundo musulmán; siempre naturalmente tratando, según decían,  de propiciar que estos países y sus gentes accedan a un régimen democrático. No obstante, cuando en 1991 el FIS (Frente Islamista de Salvación) en Argelia ganó democráticamente las elecciones conquistando el poder  a través de las urnas los mismo expertos especialistas y demócratas no dijeron ni pío cuando los generales de Argelia intervinieron, anularon las elecciones, ilegalizaron el partido, encarcelaron a los representantes populares electos que dejaron vivos  y declararon el estado de emergencia que duró hasta hace unos días cuando sucedió el imprevisto alzamiento popular en Túnez. En Turquía en el 2007 accedió democráticamente al poder el AKP de inspiración islamista, hasta la actualidad no ha demostrado ninguna incapacidad para actuar dentro de los cauces democráticos e incluso se le deja coquetear con la entrada en la Unión Europea, aunque los expertos especialistas pronosticaban desastres absolutos para nuestra sacrosanta civilización occidental. Los mismos expertos especialista en geopolítica al principio de este año 2011 ni se les pasó por sus cabezas que en los dos meses siguientes desapareciera el régimen de Túnez y el de Egipto. Hasta hace  unos días la gente no sabía que ahí mismo, en la otra margen del Mediterráneo habían dos dictadores sanguinarios y corrompidos. Al contrario: en Túnez los de aquí veraneaban placenteramente y en Egipto se hacían relajados paseos en camello en el entorno de las pirámides. Pocos años antes se encumbraba al Sha de Persia en Irán, “Luz de arios”. Cuando repudió por infértil a  su mujer Soraya, de madre alemana, se llenaron de nobleza las revistas del corazón en el mundo occidental. El origen pro-nazi de los Pahlevi se trasmutó en anticomunismo y la CIA le echó una manita para convertirse en tirano amigo; en definitiva se había preparado en Suiza y era pro-occidental con la minoría que le sustentaba, al tiempo que se enriquecían juntos con las miserias de los muchos. Cuando desde Francia apareció el opositor Ayatolá Jomeini, desde aquí, el occidente de los expertos y  especialistas se apoyó a Sadam Husein para que éste desde el Irán vecino intentara volver al status quo. No salió bien, y para arreglarlo, después de descubrir que Sadam no era un tirano amigo,que era tirano ya lo sabían-, se intentó llevar la libertad a Irán y se montó una guerra distribuida al mundo por televisión. Ahora Libia: si los libios se sacan de encima a Gadafi todos los expertos y especialistas analizarán las atrocidades hechas por Gadafi desde hace 40 años; pero si Gadafi se aguanta en el poder ese análisis se guardará en un cajón, le dejaremos montar en nuestros parques su jaima custodiada por vírgenes, festejaremos sus excentricidades, y los expertos especialistas analizarán que es un mal menor puesto que peor hubiera sido que con Libia se hicieran los fundamentalistas. De momento a nadie se le ha ocurrido valorar que los islamistas puedan ser tan demócratas como lo es la democracia-cristiana, muy alejada por supuesto del cristianismo salido de la inquisición y las guerras santas; pero de momento a los de religión musulmana no les dejamos ni intentarlo. Los expertos y especialistas actuales no son más que hacedores de creencias, que se alimentan entre ellos de teorías perfectas hasta que se demuestra su inutilidad; pero mientras la realidad no les contradice, viven como pastores de almas venerados y engordando, mientras el rebaño se afana en aliviar las urgencias con la imaginación. Las credos que difunden son menos longevos que los producidos por las religiones; aunque es verdad que éstas tienen unas ventajas insuperables, todo lo que prevén y prometen se hará realidad en el más allá. Hay que morirse para verlo, y ciertamente no se conoce a ninguno que resucitara  para quejarse de algún engaño.
  •                 Ruben Romero de Chiarla; Barcelona a 26 de febrero del 2011.-

martes, 15 de febrero de 2011

GUARDA Y CUSTODIA COMPARTIDA



PRESUNTO BOICOT DE LOS FISCALES DE BARCELONA A LA GUARDA Y CUSTODIA COMPARTIDA, EN LOS  PROCESOS MATRIMONIALES.-


         En los procedimientos de separación y divorcio –desde que tal posibilidad legal existe en nuestro país-, nunca ha estado prohibida la guarda y custodia compartida sobre los hijos comunes si los progenitores lo acordaban de común acuerdo y tal acuerdo no resultaba lesivo para los hijos. Era lesivo por ejemplo si el acuerdo consistía en que los hijos estuvieran una semana con el padre viviendo él en Canarias y una semana con la madre viviendo ell en Galicia; o cualquier otro acuerdo que se alejara del sentido común o impusieran a los hijos circunstancias tales como que anduvieran de un lado para el otro como maleta de loco. No obstante, en caso de contienda entre esposo y esposa (progenitor y progenitora) generalmente se le atribuía la guarda y custodia exclusiva a la madre, por considerarla más capacitada para atender a los hijos comunes o con más disponibilidad de tiempo para hacerlo. Actualmente mediante la modificación legal operada en el vigente Código Civil de Catalunya, la guarda y custodia compartida entre los progenitores es la regla general, y la exclusiva para uno de ellos es la excepción; y también en las separaciones y divorcios contenciosos, en los que la decisión no la toma ni el padre ni la madre, ni el esposo ni la esposa, sino que la impone el juez; éste, en teoría, podrá imponer una guarda y custodia compartida si los dos progenitores se la disputan. El hecho que legalmente se prime la guarda y custodia compartida  en sí mismo no determina que más progenitores a la hora de romper su convivencia conyugal se pongan de acuerdo en compartir en igualdad en tiempos y en responsabilidades la crianza de sus hijos. Los quebrantos emocionales que el fracaso matrimonial implica, es igual con una ley que con otra. Pero sí es cierto, que actualmente hay más padres que quieren compartir la guarda y custodia de sus hijos con las madres de sus hijos. Hay hoy más personas capaces de distinguir las responsabilidades que tienen para con sus parejas de las responsabilidades que tienen para con los hijos habidos con esa misma pareja. Llegar a un acuerdo por parte de dos personas que convivieron juntos los años suficientes para tener un hijo o varios y después uno de ellos decide no continuar con dicha convivencia, es harto difícil. Es posible que el que toma la iniciativa, antes de tomarla ya haya reorganizado aunque sea mentalmente su vida futura alejada del entorno que tenía; pero el que recibe la noticia se encuentra más desarmado. Es una obviedad que se produce un fuerte choque emocional; una distorsión sustancial en las previsiones que los componentes de esa pareja tenía antes de decidirse la separación. Es la constatación de un fracaso en un proyecto vital común. Y ante ello cada cual reacciona como puede o como sabe. Lo primero que surge es, ¿ de quién es la culpa?, y lo más fácil es atribuírsela al otro, aunque los hay que se las imponen toda a sí mismo. Lo siguiente suele ser: ¿qué hacemos con los niños?, y la madre considera que los quiere más y el padre considera que él los quiere más. Luego pasan a valorar con quién estarán mejor, y lo fácil es decir: “conmigo”. Para llegar a aceptar que los hijos son de los dos y que los dos son responsables, y que los dos se han de responsabilizar y esforzar por igual, hay un abismo. Es un camino muy espinoso en cuyo tránsito padre y madre salen llenos de rasguños; y cuando llegan a su objetivo de compartir, cada uno ha dejado mucho en manos del otro; ambos han mantenido el mínimo de confianza mutua; la imprescindible. Han trascendido sus propios deseos y sus propios impulsos; se han comido la frustración y la rabia; han hecho la vista gorda a las traiciones y a los reproches. Han puesto a sus hijos por delante de sus propias personas. Y eso es sublime; eso merece un respeto reverencial.
         El Fiscal está ahí, en los procedimientos de separación y divorcio para intervenir en pro de los menores, aún cuando los padres están de acuerdo en cómo gobernar el futuro de sus propios hijos; como defensores de los menores en los procedimientos contenciosos, en los que los dos contendientes se postulan como idóneos al tiempo que desprecian al otro, su función es importante en tanto que se le supone neutral. En los procedimientos de mutuo acuerdo su intervención parece relegada a un plano muy residual para el caso que los progenitores hayan efectuado pactos  perjudiciales para los hijos, que en su caso, el propio juez podría ya repelerlos de oficio. De ahí que la intervención del ministerio fiscal en un procedimiento de mutuo acuerdo, parece tener escasa o ninguna virtualidad.
         Lo que ya resulta insoportable, por perjudicial, es que el ministerio fiscal se inmiscuya en los acuerdos de los progenitores, con propuestas insostenibles que indefectiblemente llevan a la ruptura de lo ya convenido.  Es decir; es inaceptable que el ministerio fiscal haga exactamente lo contrario a lo que debe hacer; que no puede ser otra cosa que coadyuvar a que unos hijos menores tengan la mayor paz y bienestar posible dentro de la problemática que de suyo produce la separación de sus padres.
         Pues bien; hoy en un procedimiento de divorcio que profesionalmente llevo como abogado de los dos cónyuges, en el que se presentó un convenio de guarda y custodia compartida sobre dos hijos, con igualdad de tiempos y de responsabilidades asumidas por los dos progenitores que viven en Barcelona muy próximos el uno del otro; y en el que se dice que las cuestiones importantes que afecten a los hijos como lo son el cambio de domicilio o de colegios se resolverán por consenso de los dos padres, como debe ser, y que para el caso que no sean capaces de resolverlos acudan a que se lo resuelva el juez; el ministerio fiscal dice que:   “para evitar controversias futuras en cuanto al centro escolar que pudieran surgir por el hecho del cambio de domicilio por parte de cualquiera de los progenitores o por desacuerdo en el tipo de educación, al referirse a cuestiones que afecten al derecho a la educación y bienestar de los menores interesa se determine el progenitor al que se otorga en principio la capacidad de decisión sobre dicha posible controversia, sin perjuicio del ulterior procedimiento judicial que pudiera incoarse al respecto”.
Cualquier persona lega en derecho, ya advertiría sin necesidad de ningún otra ayuda profesional que tal pedimento por parte del que se supone defensor neutral de los menores, es una carga de profundidad dirigida contra la línea de flotación de una familia que pretende al menos mantener a flote lo esencial: sus hijos. Resulta del todo inconcebible, que unos progenitores después de haber superado todas las dudas, inseguridades, recelos y desconfianzas, ahora se pongan a discutir cual de los dos, por encima del otro,  tendrá en principio la capacidad de decisión nada menos que el cambio de domicilio por parte de cualquiera de ellos dos  o por desacuerdo en el tipo de educación. Es decir: que si en principio tal capacidad de decisión se le otorgara a la madre, ésta podría decidir irse a vivir a Canarias y enviar a los hijos a estudiar a una escuela musulmana, y el padre si no está de acuerdo que vaya al juez; y si el juez le da la razón al padre que los niños vuelvan a donde estaban y la madre también; y mientras tanto la guarda y custodia compartida no existe. Si la decisión en principio se le otorga al padre éste podría decidir internar a los hijos en un seminario católico para que sean monjes religiosos y de paso irse a vivir a Mallorca; y si la madre no lo ve bien que vaya al juez, y si le da la razón que todo vuelva a ser como antes. Seguro que si uno de los progenitores está dispuesto a ceder tal potestad a otro, es que ambos están preparados para volver a casarse de nuevo; o, el que cede no ha asumido de verdad compartir en igualdad las potestades parentales de sus hijos puesto que en tal caso sería el otro el que de vedad estaría ostentando la guarda y custodia y las potestades parentales en exclusiva. El que cede al otro en principio la capacidad de decisión nada menos que el cambio de domicilio por parte de cualquiera de los progenitores o por desacuerdo en el tipo de educación será, si acaso, el canguro de los hijos pero no padre o madre.
         Claro, con planteamientos como éste, además de ser seguro que no existirá ni una sola sentencia que en proceso contencioso que otorgue una sola guarda y custodia compartida, se romperán todos los acuerdos presentados en los procedimientos consensuales. Y lo que ya da pena, es que se hable de intentar dentro de los procedimientos, intermediaciones de otros profesionales  para llegar a consensos. La ley por un lado, los fiscales por otro y el derecho a la tutela judicial efectiva sigue ahí en el artículo veinticuatro de la constitución.
         En dos meses ya me he encontrado con tres casos de este tipo. UNA PENA.

Ruben Romero de Chiarla, abog.

 Barcelona a 15 de febrero del 2011.-

domingo, 13 de febrero de 2011

Enajenados o exceso de información no atendida

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  •          Desde la perspectiva económico-jurídica, enajenar una cosa significa que esa cosa pase del que era su propietario o su poseedor, a otro que la posea o sea su nuevo propietario. Alienar más o menos significa lo mismo si nos estamos refiriendo a cosas. Cuando una persona se enajena o se aliena, quiere decir que no es capaz de gobernarse a sí mismo, que tiene unas ineptitudes psíquica que le impide ser dueño de sus propios actos. Incluso en el ámbito del derecho penal se le perdona; no se le castiga por entender que no conocía la significación perjudicial de su conducta,  con lo que el castigo resultaría inútil si sigue enajenado, e ineficaz si cuando se le pretende castigar ya recuperó la cordura. Desde la perspectiva sociológica la persona que está enajenada o alienada significa otra cosa, aunque parecida: es aquella persona que busca que sean los demás los que le den las respuestas; que sean los otros los que piensen las soluciones para sus problemas,  e incluso que los demás le digan qué problemas tiene y cuál es su tratamiento. Son los que derivan la gestión de sus vidas al prójimo. ¿Dime qué me pasa?,  y cuando lo descubras, ¿dime cuál es la solución?; estoy esperando ansiosamente, ¡date prisa!. Los avances tecnológicos actuales en lo que a la circulación de las comunicaciones y de la información se refiere, es un asidero extraordinario para las muchas personas que esperan panza arriba que le analicen la vida, les aparten los problemas, les den la solución y le suministren el antídoto mientras esperan sin hacer nada. Cada vez más no encontramos con personas que están más atentos a los pitidos y vibraciones de su teléfono móvil que de las miradas, palabras o gestos de las pesonas que tienen al lado. El entorno inmediato les agobia y para zafarse de sus responsabilidades para con el cercano, las diluyen en la red  para que sea otro, al cual ni conocen ni tienen interés en conocer, el que reciba sus vómitos mentales y les otorgue, si acaso, la solución. El recibidor desconocido, puede estar precisamente en la misma encrucijada; y el hecho de  recibir los detrictus del otro que no conoce, le sirve para enajenar (dar al ajeno) sus propias responsabilidades. Las soluciones que éste transmite generalmente son las que él se daría a sí mismo si se hubiera empeñado en analizar su propia existencia, pero no lo hace, el análisis propio se lo pide a otro también desconocido que previamente enajenó la labor de atender sus propias miserias. Finalmente: uno atiende con rigor los problemas ajenos, se empeña en aconsejar soluciones y trasmite las propias al otro que se lo toma con igual objetividad. Objetivar significa valorar lo que llega excluyendo el receptor su propia emocionalidad al hacer el análisis, en cierta medida se cosifica al otro, se le trata como una cosa a observar; como una cosa ajena; como una cosa entretenida. Las personas que componen el entorno directo de uno, nunca son objetivos, son emocionales. Nos quieren; les importamos; nos estiman; nos conocen en lo que decimos; porqué lo decimos, e incluso nos conocen hasta en lo que no decimos.  Y por ello, precisamente por ello, nos exigen, nos piden que nos exijamos, y nos agobiamos. Nos agobia que nos conozcan, que no nos dejen hacer todas las trampas que nos hacemos, nos agobia que pongan cara de incrédulos ante una excusa bien elaborada. El escape está al alcance, acudimos a las redes sociales donde siempre encontramos aliados. Sabemos que a esos aliados no les importamos un pimiento, pero no nos exigen; no nos agobian. O, nos aficionamos a los reality  que es más o menos lo mismo pero con más morbo; en ellos personas escuálidas conocidas de la tele desnudan sus intimidades, se las inventan o las exageran, pero como tales personas tampoco nos importan, nos entretienen y nos hacen el favor de distraernos en no hacernos cargo de nosotros mismos. El teléfono móvil e internet, son actualmente importantes drogas reductoras de la conciencia. La heroína, hasta hace poco hacía ese efecto. El heroinómano cuando se suministraba la sustancia podría sustraerse de su propio yo, podía evadirse de sí mismo, volar y volar…  Cuando el efecto desaparecía y volvía a sí mismo, menos se gustaba y más necesitaba otra dosis; y eso componía la adicción.  Internet, y el teléfono móvil como instrumentos para navegar de aquellos que no tienen rumbo (que ya no lo tenían), está teniendo un efecto similar en los que desean enajenarse: darse al ajeno desentendiéndose de sus propias circunstancias.  La búsqueda del camino corto como objetivo deja sin sentido el caminar.
  • Ruben Romero de Chiarla;  Barcelona a 13 de febrero del 2011.-

lunes, 7 de febrero de 2011

PROSTITUCIÓN Y DROGAS, libertad y dignidad.

Coincidencias y contradicciones.

Parece claro que en la actualidad está comúnmente aceptado que el consumo de tabaco perjudica a la salud individual y pública. Al concepto salud se le despoja de cualquier beneficio que el fumador pueda encontrar en su hábito;  el placer, o el bienestar emocional o psicológico que pueda reportarle, en ningún caso se estima parte de su salud. El concepto salud del individuo que fuma, se construye desde fuera, en tanto que él, al estar afectado de tabaquismo, el placer que cree recibir en compensación al daño que se auto-infringe no es otra cosa que el reflejo generado por la ingesta de una sustancia dañina. En ningún caso fumar puede ser un acto de libertad, puesto que la adicción a la sustancia tóxica mediatiza su voluntad: si no controla su voluntad no puede ser libre. Y así, el concepto libertad se construye desde fuera, al margen de la consideración individual que pueda tener el que tiene derecho a ser o sentirse libre. Ante ello el resto de la sociedad no fumadora le prohíbe hacerlo en público, defendiéndole ante la evidencia de que el fumador es incapaz de hacerlo por sí mismo por la obvia disminución  de sus capacidades cognitivas y volitivas. Dicho prohibicionismo también ataca en otro frente: impedir que los no fumadores tengan que recibir involuntariamente humos de los tabacos que ellos no queman (se tolera la ingesta de humo de coches porque aún no se considera un vicio el hacer uso de ellos) . No obstante, el Estado mantiene la comercialización estanca del tabaco marcando los precios de venta con una importante carga impositiva, y el consumo se produce en reductos privados o al aire libre. De momento.
El tabaco, que es comercializado después de pasar  protocolos, controles y permisos para su producción, distribución y venta -cualquiera no puede instalar sin más una fábrica de tabaco y vender sus cajetillas-, produce enfermedades tales como el cáncer de pulmón, infartos y afecciones respiratorias entre otras muchas claramente señaladas. Ello vendría a indicar que por más que se intente minorar sus efectos perniciosos, es una sustancia per se perjudicial para la salud y consecuentemente merece ser prohibida.
Lo que tradicionalmente se ha denominado drogas tóxicas, estupefacientes o psicotrópicos que causan grave daño a la salud, tienen un tratamiento muy distinto al que se le da a la producción, comercialización y consumo del tabaco. Tales sustancias, como la cocaína, las drogas de diseño, y la heroína entre otras muchas, sencillamente están prohibidas en su producción, distribución y venta. No obstante se permite su consumo, o al menos adquirirlas para consumo propio no está castigado. El consumidor para proveerse de ellas ha de acudir a un delincuente; su producción no debe superar ningún protocolo, ningún  control sanitario, y tampoco paga impuestos. El productor; el distribuidor y el vendedor al menudeo, solo tienen que sortear los controles policiales. La droga que llega al consumidor es precisamente la que logró burlar la acción represora del Estado; la que no fue decomisada y destruida, y encarcelados sus porteadores. Al consumidor llega el producto final de un largo procesamiento  clandestino. El precio, es el propio de un bien escaso; cuánto más cantidad se suprima del mercado mediante la labor policial, menos cantidad disponible para  la venta,  y su precio sube. Cuanta más personas se encarcelan por su dedicación a la producción, distribución o venta, más se encarece la mano de obra: cuanto más riesgo mayor salario y asalariados más aguerridos.  Al menos a nivel popular no se conoce que produzcan otros males que  las muertes por sobredosis y la conversión de los consumidores-adictos en criminales que para pagarse el suministro roban o se dedican a traficar. Sin duda, los males son inmensos, pero no se divulga que produzcan enfermedades físicas concretas como las que genera el consumo del tabaco. Generalmente las personas con suficiente capacidad económica consumidoras de cocaína lejos de convertirse en delincuente, en muchas ocasiones destacan y hasta reciben aplausos con cierto reconocimiento público: se ha de recordar a Sigmund Freud entre otros muchos.  Eso sí, han de cuidar que los proveedores no les den gato por liebre y les varíen el porcentaje de sustancia activa en relación a la de corte provocándoles una sobredosis que les mate. Los que pueden pagar  el precio tienen mucho ganado: no tienen que delinquir.
Si a éstas sustancias se le diera el mismo tratamiento que al tabaco, seguramente desaparecería gran parte de los males que a la salud generan al tiempo que se podría ir reduciendo la población carcelaria y el volumen de dinero efectivo en manos de los que no ingresan casi nunca en prisión por la capacidad disuasoria de sus fortunas.
Parece claro que en la actualidad está comúnmente aceptado que la prostitución atenta contra la dignidad humana.  La persona –hombre o mujer- que alquila su potencial y disponibilidad sexual en beneficio del placer de otro está comercializando parte de su dignidad. El concepto dignidad se construye desde fuera de la persona que pone a disposición de otra sus favores sexuales por un precio. La persona que se prostituye no  puede hacerlo como acto voluntario y libre, al estar mediatizada por la necesidad económica que le empuja y el hecho de no haber encontrado mejor alternativa. Y así el concepto libertad se construye desde fuera, al margen de la consideración individual que pueda tener el que tiene derecho a ser o sentirse libre. A la persona -mujer joven generalmente-, que se dedica a estos menesteres, no se le tolera que use su genitalidad en tal actividad lucrativa. La falta de tolerancia del entorno, le lleva a esconder o disimular el ejercicio de su oficio eventual o fijo. Ha de situarse en la clandestinidad o en la semiclandestinidad para merecer un mínimo de consideración personal. Si se hace pública su dedicación, recibirá tres reacciones distintas por parte de sus congéneres: la de los que la intenten ayudar para sacarla del ambiente; la de los que la conviertan en invisible; y la de los que se postulen como clientes. Si esta persona en lugar de centrar su esfuerzo físico en el uso de sus genitales para producir placer en otro, usara sólo las manos, podría ser una masajista muy digna. Si en lugar de usar sus manos sobre los genitales ajenos para producirle placer al otro, las usara sobre la misma zona corpórea de su prójimo para otro fin, podría ser un urólogo importante, o una ginecóloga de prestigio, y en todo caso de gran dignidad. Si esta persona que acudió al oficio impulsada por la desesperación económica y la falta de perspectivas, por idénticos motivos se hubiera dedicado a fregar escaleras de rodilla, aunque le sangrasen las manos y trabajara doce horas por un salario mínimo, nadie le imputaría haber alquilado su dignidad; y en todo caso su decisión habrá sido libre. Si un licenciado universitario no tiene más remedio que dedicarse a limpiar chiqueros, habrá hecho una opción honesta y digna; si se dedica a la prostitución no. A ninguna persona que se dedique a la prostitución se le admite la posibilidad de que le guste lo que hace y disfrute con ello; los que se dedican a otra actividad por más penosa que sea y aunque le destroce el cuerpo,  se le supone que lo hacen con alegría. A los que se dedican a la prostitución, aunque no lo pidan, se les protege el cuerpo del disfrute ajeno; a los que se dedican a otra cosa no, porque son libres de hacerlo. Los que tienen dedicaciones penosas y mal remuneradas sin comprometer su sexualidad se les protege con la seguridad social, los subsidios de desempleo y la jubilación. Todo ello se le niega a los que emplean su sexualidad para subsistir, y han de procurarse protección a alto precio incluso frente a las fuerzas y  cuerpos de seguridad del Estado. Si las personas que se dedican a la prostitución hicieran exactamente lo mismo disponiendo exactamente el mismo tiempo en dicha labor pero no cobraran por cada acto: no se estarían dedicando a la prostitución; sino desarrollando libremente el ejercicio de su sexualidad aunque recibieran prebendas por sus artes amatorias.
Barcelona a 4 de febrero del 2011.
 Ruben Romero de Chiarla.-