sábado, 11 de junio de 2011

INDIGNADOS

Es verdad que esta gente no tiene derecho a ocupar las plazas públicas. Impiden el placentero esparcimiento ciudadano. Amontonados como están se les ve más, afean la ciudad y perjudican el turismo, hacen ruido, juntan cartones y ponen frases incomprensibles y mal sonantes  como esa de “no hay pan para tanto chorizo”. Sería mejor que se quedaran en casa viendo la tele. Aunque si se quiere hay varios remedios para arreglar la cosa, se trata de ir probando. Una es a palos,  con una buena ración en un rato desaparecen y en cuanto no se les vean: problema resuelto. Lo malo será si se suman más. Otra, sería interponer ante el órgano judicial correspondiente la pertinente denuncia por algún presunto delito que pudieran estar cometiendo. Ahora bien, siempre asumiendo que si algún indignado resulta imputado tendrá derecho a volver a la plaza, tal como lo hacen entre otros los imputados diputados del parlamento valenciano con su presidente a la cabeza. Bueno, estos no van a las plazas, sino a la cámara legislativa. Es sabido que la imputación es una protección al imputado para que se pueda defender; luego habrá condena o no. Puede quedar todo  en agua de borrajas,  porque la acusación pública sea lerda, porque prescriba la acción ante la ineptitud funcionarial, porque sean absueltos  por falta de pruebas, por fallo de la sana crítica del juzgador o porque no hicieron nada malo. Como último recurso, siempre queda aquello de descubrirles  los motivos para apaciguarles la indignación. Es un método en desuso pero si no se encuentra otro remedio habrá que echarle un ojo. No vaya a ser que  éstos se reproduzcan y no nos dejen ni andar. Es verdad que no se puede estar en contra de los bancos y exigirles préstamos para reactivar la economía y adquirir una vivienda; aunque también es verdad que los banqueros se otorgan unos ingresos insultantes por su desmesura. Está claro que el dinero ahora es de ellos pero recibieron unas ayuditas del erario público mediante cómodos créditos para cuya concesión  algo debieron prometer. Y esto se podría remediar: se trata de imponer un tipo de gravamen del noventa y nueve por ciento por el tramo de renta que supere lo decoroso, y si ante ello emigran en persona o se llevan los bártulos, retirarles la nacionalidad y resucitar el impuesto al patrimonio con gravamen disuasorio  para los bienes raíces  que dejen aquí. Esta gente es muy patriótica. Por más manso que uno sea, eso de la corrupción de los políticos cuando ejercen cargos públicos, sí que incomoda un poquillo; como también la lentitud del sistema judicial contra ellos. Y hay remedio: se trataría, que al mismo tiempo que ponen la mano sobre la Constitución o la Biblia para prometer por su honor o jurar, aportaran escritura pública con la declaración detallada de los bienes e ingresos que traen, exhortándoles también a que voluntariamente incluyan, los de los cónyuges e hijos.  Y al cesar o dimitir que dejen otra con el inventario de salida. Se introduce en el Código Penal  un delito específico de falsedad ideológica en documento público con pena privativa de libertad abultadita para que la noten, y sin posibilidad de remisión ni indultos. Así, si se descubre una divergencia entre la realidad y lo escriturado: a la cárcel, y con el patrimonio confiscado. Y si entre que entró y salió ahorró más de lo matemáticamente razonable en relación con los  sueldos percibidos  y  no acreditan fehacientemente haber sacado la lotería varias veces al año, tener preparado unos tipos penales bien dotados en prisiones ordinarias.  Sería buena cosa introducir los delitos de corrupción, tráfico de influencias, cohecho, prevaricación, malversación de caudales públicos y otras yerbas en la ya existente Ley del Jurado. Si resulta que los ciudadanos son buenos para juzgar amenazas y homicidios, también lo serán para hacerlo por corrupción con políticos y funcionarios; jueces incluidos. Y hasta puede ser que los indignados se vayan amansando. Es verdad que hay que reducir el gasto público, puesto que de donde no hay, no se puede sacar; pero también es verdad que los representantes públicos se ponen buenos emolumentos, no se privan en dietas anti-adelgazamiento ni de dotarse de buenos medios para ejercer el oficio. Y hasta podría tener remedio: se trata de ponerle un techo a las dietas no superior al quince por ciento de sus ingresos y si quieren primera clase en los aviones que añadan de su bolsillo si les falta para el boleto. El sueldo también techado: hasta ocho veces el salario interprofesional, más no. Y si no es suficiente la motivación económica, el honor del cargo sumará el resto.  Debe ser un honor, sin dudas, ser representantes del pueblo elegidos por los conciudadanos. Medios. Los normales, como la gente normal: pisos compartidos  y dignos en Madrid si es que allí han de ir; furgonetas de nueve plazas con cristales tintados y chófer que recoja a la mañana  y devuelva a la tarde-noche. Para coches oficiales de los buenos no hay; salvo obligadas y prudentes excepciones. Es cierto que esto es el chocolate del loro, pero también es verdad que no hay motivos  plausibles para alimentar a los loros con chocolate. Los informes técnicos que se necesiten, que los hagan los funcionarios, y los cargos de libre designación que por su valía cooptan. Si se hace imprescindible el encargo  a una empresa  o experto de fuera, se hará; pero siempre previo despido por inutilidad y sin indemnización de uno de dentro.  Y nada de echarle al presupuesto público las fotos electorales, ni los cursillos de dicción, ni el  aprendizaje de idiomas, ni otras cosillas caras. No. Eso se trae de casa o se hace en horario nocturno después de la faena. Si se hace esto, con un poco de  suerte puede  que la indignación baje.  Sería un lujo que nuestros representantes tuvieran discursos coherentes, que igual que cuando pillan a un contrincante con la mano presunta dentro del tarro piden desgañitados que dimita, hagan dimitir a los suyos en igualdad de circunstancias. Es que eso, aunque parezca que no, jode. Eso de que si acusan al mío de corrupción es fruto de una campaña de desprestigio o de manipulación de pruebas de la Policía o del Fiscal General del Estado o del jefe del partido adversario, y cuando el imputado es el otro tenga que dimitir en diez minuto, queda feo y hasta puede ser que alguno sienta como que le meten el dedo en el ojo. Irrita. Y ya sería maravillo, como para que no quede ni un indignado, si los políticos y los partidos se diferenciaran en sus promesas; o fueran un poco más al detalle. Todos quieren eliminar el desempleo, ni uno solo promete crear paro. Todos quieren ahorrar el dinero público y ayudar a los necesitados, nadie promete despilfarro y que los otros se fastidien. Todos están contra la corrupción, ni uno solo dice que está bien y reparte riqueza. Todos defienden el estado del bienestar, ni uno promete un poco de miseria. Pero claro: ninguno explica de forma coherente y creíble cómo y de qué manera van a acabar con el desempleo, luchar eficazmente contra la corrupción y sostener el estado de bienestar. Y claro, aunque parezca que no, indigna. Hay que ser compresivos y pacientes, pero toda goma al estirarla llega  a un punto en que revienta.
Barcelona a 10 de Junio del 2011.- Ruben Romero de Chiarla.

miércoles, 25 de mayo de 2011

A Don José

 A Don José en tiempos de crisis.


Desde muchacho chico me han fraguado unas pocas frases con conceptos esenciales. Frases como: “La honestidad ha formado siempre mi carácter, podrán arrancarme la vida pero no envilecerme” o, “Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa bajo vuestra presencia soberana”. Los libros se las atribuyen a Don José Gervasio Artigas, muerto en 1850 después de treinta años de exilio apartado de aquellos a los que les dirigió en cabildo abierto la segunda de las frases. Don José no tuvo éxito en aquél Rio de la Plata de aquellos años, se quedó solo y murió allá en el Paraguay pidiendo que le trajeran el caballo. Años después los politiqueros de su Banda Oriental se disputaron en provecho propio su osamenta, su nombre y su bandera; a ninguno les importó las cosas que decía y menos ponerlas en práctica. Hoy, 161 años después, aquí, allá y en otras partes, las dos frases siguen sin tener éxito, la honestidad no es capaz de imponerse a la corrupción, ni la soberanía popular a la clase política que en monopolio la ostenta. Pero si es verdad que el recuerdo de tales conceptos, posibles aunque frustrados; ante lo que contrariamente acontece, genera un cúmulo de asco y rabia en mucha gente que, más temprano que tarde deberá aflorar. El afloramiento, caso de suceder, se pretende sosegado aunque el sosiego sea incompatible con las urgencias. Los gobernantes del desgobierno piden propuestas concretas a los desgobernados para contentar a los mercados. Admiten así la incapacidad de dedicarse a menesteres más útiles, sin asumir que han de explicar qué representan y para qué se postulan. Se echan la culpa los unos a los otros para ver quién la tiene más corta y cuánto de grande es la imputación que les atraviesa, y las que pretenden ocultar. Y como Don José Larralde decía: “sabedores de escritorio, consejeros del saber, quisiera poder creer que naciste de tu mama, con una jerga por cama pa contarme como fue; si alguna vez has estado mirando pasar la vida, sin más razón prometida que poder llegar a viejo, amontonando consejos dentro de un alma vencida,(…)  por que andar en campo ajeno sin más razón que durar, termina por reventar hasta el genio más sereno”. Posiblemente en estos tiempos nuevos tendremos que desempolvar las cosas viejas, darle soplidos y sacudidas, ponerlas al sol para que se oreen y sacarles la utilidad que nunca han perdido.

Barcelona a 25 de Mayo del 2011; Ruben Romero de Chiarla.-

jueves, 5 de mayo de 2011

Osama bin Laden, y ellos.


Cada uno trata de trasmitir a los otros la visión de sí mismo que más satisfaga a los que se dirige, y aumentar su estima ante su prójimo. Acrecentar la popularidad propia, la buena fama, el índice de popularidad, es una pretensión común y lógica entre las personas. Esa dinámica se sustenta en el conocimiento de lo que, los destinatarios del mensaje consideran ejemplar. Cada grupo social tiene una representación mental común sobre lo que es justo y lo que no. Esa configuración conceptual se trasmite y propaga dentro de un paquete estético de imágenes y sonidos que, a otro grupo social al que no se destina, le puede parecer aberrante u obsceno.
Desde hace unos días estamos recibiendo abundante información sobre la muerte de Osama bin Laden, y desde el sentir común europeo nos resulta chocante que por parte de las autoridades de EEUU se diga o se filtre que, Osama bin Laden no iba armado y estaba con sus esposas y sus hijos; que el país en el que se le encontró no estaba informado que el comando estadounidense iba a por él; que el grupo llegó en helicóptero que se cayó haciendo ruido se supone; que se le mató y luego se arrojó su cadáver al mar, y que se llegó a dar con su paradero por las informaciones obtenidas mediante la tortura de otra personas. No es que dudemos que lo que se está diciendo sea cierto, lo que nos alarma es que lo digan. Los mismos hechos situados en Europa y ejecutados por europeos serían ocultados sin duda alguna. La actividad de los GAL en España ha hecho correr ríos de tinta y aún para algunos no se la despejado la X del responsable último, aunque han sido condenados altos dignatarios. Esos algunos que durante años se han auto-dignificados diciendo que el terrorismo solo se ha de combatir con las armas del estado de derecho y de la democracia, ahora aplauden el éxito de Obama con la muerte de Osama. En EEUU esa necesidad de ocultación de las vergüenzas no existe, y la vergüenza tampoco en este caso. Su máximo responsable no sólo siente una irrefrenable satisfacción por serlo, sino que la autoría le encumbra en fama y popularidad, dando envidia a sus opositores, y llenando de orgullo a toda su ciudadanía que estalla en júbilo. Los conceptos estéticos son diversos frente a lo justo y a lo injusto. En este caso antagónicos. Para el sentir común europeo, hacernos la representación mental de incurrir con nocturnidad y alevosía en otro país con un pelotón bélico y el propósito de secuestrar o asesinar a un terrorista, matarlo aunque no esté armado, tirarlo al mar, y haber llegado a él mediante el sufrimiento provocado adrede en otro ser humano, nos daría vergüenza frente a los nuestros y por ello lo ocultaríamos. Serían imágenes inasumibles para nuestro concepto estético de la dignidad y la conceptualización que queremos que tengan los demás de nosotros. Pero parece obvio que para la sociedad estadounidense es al revés. El resultado perseguido por ellos es otro y las consecuencias también. Si a Bin Laden lo hubieran llevado vivo a EEUU para enjuiciarlo con la consiguiente ineludible aplicación de pena de muerte, no hubieran legalizado mucho los hechos: habrían ejecutado con más gastos a un secuestrado. Tampoco lo podían llevar al Tribunal Penal Internacional porque no le reconocen legitimidad para sus casos; ni entregarlo a las autoridades de Pakistán porque no le tenían confianza de que lo mataran. Si ya no la tuvieron para detenerle menos para finiquitarlo. Realmente lo que han hecho es perfecto, puesto que encajan el resultado y las consecuencias. El matarlo les otorgó el trofeo deseado con festejo popular incluido. La incursión en Pakistán y su salida sin bajas, justifica la inversión y la efectividad de sus soldados. A los soldados les reconoce su testosterona y su amor a la Patria. La obtención de la información para llegar a la captura demuestra que valió la pena Guantánamo y los métodos de interrogatorios sustentados en la producción de dolor. Con tirarlo al mar se evitaron que existiera una tumba en algún sitio y un peregrinaje de sus seguidores. Y todo ello porque la humillación del enemigo es un bien preciado para ellos, y como tal aumenta su autoestima y refuerza valores. Desde aquí, las cosas se ven distintas, porque son distintas. Para nosotros,- salvando las excepciones que también las hay- la humillación del contrario no nos hace más dignos; no nos proporciona orgullo, ni nos atribuye más consideración. Pero eso, lamentablemente, no nos ahorra contradicciones. Es casi seguro que mayoritariamente nuestra gente se alegran que EEUU haya eliminado a Osama bin Laden; nosotros no lo hubiéramos hecho, y si lo hubiéramos hecho no lo hubiéramos confesado, pero ya que lo hicieron los estadounidense de la América del Norte, está bien. Lo comprendemos. Comprendemos que EEUU o Israel para conseguir un fin justo utilicen medios injustos y abominables. Ahora sí; esa comprensión no la hacemos extensible a otros grupos humanos bajo estado de necesidad de conseguir soluciones justas. Lo más desgraciado del asunto está en que hasta puede ser que eliminar a Bin Laden no fuera un fin idóneo, y para peor, se convierta en un alimento al otro terrorismo; al terrorismo que con el terrorismo estatal se combate. Osama bin Laden sólo era un pobre hombre inofensivo, su capacidad destructiva se la daban sus seguidores y las motivaciones que les impulsan. Sólo se ha matado a Bin Laden, y la manera de hacerlo puede que les haga sumar a los suyos, lo mismo que han conseguido los estadounidenses: un símbolo sobre el que saciar los deseos de venganza que generan las frustraciones; odio, irracionalidad y el consiguiente desprecio por el otro. Cuando a una persona se le convierte en cosa, además de ser lo más injusto que se puede concebir es inútil, si lo perseguido es la paz. Esa cosa será basura para unos y un símbolo sagrado para otros. Y éstos otros, con ese hecho tendrán más unión, más rabia; puesto que los motivos que les unió y les impulsa siguen estando; nadie los ha desmotivado. Tendrán uno menos, una imagen más grande para la procesión y más aspirantes al martirologio. Y nosotros vamos devaluando nuestros principios que se suponen que deberían ser el sustrato de los medios utilizados para la consecución del fin que, no debería ser otro que propagar principios humanamente razonables y justos. Vamos teniendo pan para hoy y acumulando hambre para mañana; puesto que como alguien ya ha dicho: no solo de pan vive el ser humano. Cuando por los mismos que causaron y festejan su muerte, Bin Laden fue instruido y pertrechado como instrumento en Afganistán contra los soviéticos, no criticamos sus métodos ni honramos a sus víctimas. Igual se actuó con Sadam Hussein cuando fue útil contra los Ayatolás iraníes. Luego la cosa no funcionó bien y eliminamos la cosa. El problema sigue vivo, ni siquiera lo afrontamos, como si la realidad desapareciera por ignorarla. Nos distraemos con pantomimas que emocionan un ratito, hasta la próxima.

Barcelona a 5 de mayo del 2011.- Ruben Romero de Chiarla.-


sábado, 9 de abril de 2011

Libertad de expresión y demagogia

Actualmente bajo el braguero de la libertad de expresión cabe decir cualquier imbecilidad, siempre y cuando no sea contrario a lo políticamente correcto. Cualquier tontería que esté dentro de esa cosa puede tener éxito además de ser siempre amparada por el derecho a la libertad de expresión; pero, si no encaja en aquella cosa entonces debe ser callado el que dice, por hacer apología diciendo lo que el censurador quiso entender que decía. Todos somos iguales de libres en expresarnos, aunque unos más libres que otros. Los discursos huecos y suficientemente floridos, buscando manipular la emocionalidad pública, tienen patente de corso junto con los que los pronuncian. Hay mercado; en tiempo de crisis como la actual aún más. Es fácil hacer un plan de choque a base de placebos, y si no resulta, siempre se puede recurrir a inyectar bazofia diluida en orín de gallina. Encontrarán gente que cree que las gallinas mean. Y mientras tanto el que lo pronuncia, para disimular sus vergüenzas distrae al personal. Si por aquellas cosas se me ocurriera escribir y escribiera algo así como:" La chica peruana de 21 años que ha estrangulado a su novio (…), también peruano, de 19, “era una chica normal”, según han dicho de ella sus vecinos y conocidos. “Discutían como cualquier pareja”, ha explicado la madre de la víctima. Después de cometer el crimen –o de presuntamente cometerlo, hasta que no se celebre el juicio- la chavala, horrorizada por lo que había hecho, telefoneó a su padre a Perú y le mostró el cadáver de su novio muerto a través de una webcam. Porque una chica normal de 21 años que está enamorada de su novio, es normal que pierda el corazón y la cabeza, el sentido y el mundo de vista, si un día llega a casa y su chico le dice que le va a dejar y que además el bebé que espera su hermana es de él y no del marido de su hermana. Ni puedo justificar ni justifico un asesinato, ni cualquier forma de maltrato tenga consecuencias más leves o más graves. No pienso que haya causas morales que puedan justificar matar a alguien, ni que puedan servir siquiera de atenuantes en el juicio. Digo que a esta chica les están presentando como un monstruo y no es verdad. No es un monstruo. Es una chica normal que se rompió por donde todos podríamos rompernos. Porque hay muchas formas de violencia, y es atroz la violencia que la chica recibió al saber que iban a dejarle y que el niño que espera su hermana no es del marido de su hermana sino de del novio de ella.. No te causa la muerte física pero te mata por dentro y aquel día algo de ti muere para siempre. No justifico lo que hizo, ni creo que se pueda justificar, pero no es un monstruo: es una chica normal sometida a la presión de una violencia infinita, una violencia que no por no ser física es menos violenta; una chica que luego tuvo una reacción terrible, inaceptable e inasumible, criminal, y que no sólo terminó con la vida de su novio (…) sino que terminó, en cierto modo, con la suya propia. Espero que si algún día me sucede algo parecido disponga del temple suficiente para reaccionar quemándome por dentro sin que el incendio queme a nadie más. Pero me reconozco en el dolor de la chica, en su hundimiento, en su caída al fondo de sí misma oyendo las explicaciones de su novio. Me reconozco en su desesperación, muy normal y nada monstruosa: en su herida, en su desgarro. Quiero pensar que no tendría su reacción, como también lo quieres pensar tú. Pero ¿podríamos realmente asegurarlo? Cuando todo nuestro mundo se desmorona de repente, cuando se vuelve frágil y tan vertiginosa la línea entre el ser y el no ser, ¿puedes estar seguro de que conservarías tu serenidad, tu aplomo?, ¿puedes estar seguro de que serías en todo momento plenamente consciente de lo que hicieras? Que la justicia dicte su sentencia y que sea tan severa como tenga que ser. Ante un asesinato no hay causas morales. Pero esta chica no es un monstruo. Es una chica normal disparada al centro de su querer, arrancada a la vez de su novio y de su hermana y sobrino que está por nacer, sometida a una violencia brutal que al no ser física nunca se considera pero que ahoga y machaca lo mismo que cualquier otra violencia. Hay muchas formas de violencia. La mayoría de los que escriben y leen sobre sucesos ignoran cómo a veces el amor se convierte en escoria y en desgracia y se abraza desesperadamente a la tragedia". Seguramente, aunque leyera todo el mundo este relato, nadie me echaría los perros, ni saldría la ministra de sanidad diciendo que me han de tapar la boca, se vería claro que la chica autora del acto criminal descrito, previamente había padecido una violencia psicológica por parte de su ahora víctima, y que ella obró impulsada por un choque emocional incontrolable que la enajenó . Por supuesto, ninguna Fiscalía estudiaría el texto para ver si hay indicios de delitos de apología de la violencia de género. Leerían que no he justificado la muerte del chico peruano, puesto que digo: Ni puedo justificar ni justifico un asesinato, ni cualquier forma de maltrato tenga consecuencias más leves o más graves. No pienso que haya causas morales que puedan justificar matar a alguien (…) No justifico lo que hizo, ni creo que se pueda justificar (…) Ante un asesinato no hay causas morales. El artículo transcrito en cursiva no lo escribí yo, y posiblemente nunca se me hubiera ocurrido. Solo he cambiado el género del criminal: era un hombre rumano y puse en su sitio a una mujer peruana. La víctima era una mujer embarazada por otro y la sustituí por un hombre que había dejado embarazada a la hermana de la mujer y por la hermana la dejaba a ella; todo lo demás es original. El autor del artículo es un señor que ha escrito otras cosas que no me han gustado nada y que posiblemente no elegiría como amigo, pero no encuentro ningún razonamiento que justifique que los antecedentes del autor invalide un texto suyo, y menos que lo escrito le convierta en delincuente. Si analizáramos los textos de Lope de Vega en contraste con la consideración que él tenía de las mujeres, y en base a ello degradáramos la valía de sus sonetos seríamos imbéciles. Dicho esto, habrá algún descerebrado que diga que estoy comparando al autor de "Un chico normal" con Lope de Vega. Lo que no comparto con el autor del texto es, cuando dice: No pienso que haya causas morales que puedan justificar matar a alguien, ni que puedan servir siquiera de atenuantes en el juicio; y no lo comparto porque no es cierto, una causa moral y jurídica que justifica matar a otro es la legítima defensa. Y otra es, el trastorno mental transitorio, esta causa eximente se encuentra dentro de las dos primeras docenas del articulado del Código Penal actual. Si el trastorno mental transitorio no se acredita en toda su extensión puede ser estimado en la sentencia como atenuante muy cualificada o como atenuante simple, con importante reducción de pena, si no sirve para absolver. El que está en trastorno mental transitorio al momento de cometer un hecho criminal, antes de entrar en trastorno era un chico/a normal, puesto que de ahí la transitoriedad. Si fuera un trastornado mental permanente también tendría una eximente por no haber sido un chico/a normal y por tanto carecer de capacidad suficiente para gobernar su conocimiento y su voluntad. La defensa de este/a chico/a seguramente explorará ese campo, salvo claro está, que se decida que lo condenen en televisión, mediante periodistas tan eficaces como esos que consiguen hacer confesar en directo a presuntos culpables después que lo hayan intentado sin éxito los jueces bajo la presunción de inocencia.

Observo un artículo al respecto, de un prestigioso periodista, tertuliano y experto en todo, que dice: “Siento nauseas al hablar de este individuo y tengo dudas de si en el fondo busca una notoriedad enterrándose en la basura y pretende que los demás la airemos. La peste es insoportable. El amoral de Pedrojota Ramírez ha retirado de la edición digital de El Mundo el artículo en el que un individuo con antecedentes de machismo y fascismo con Salvador Sostres justificaba un asesinato por violencia de género, mostrando comprensión por las “razones” por las que el asesino había actuado .Pregunta: ¿por qué se tiene más tolerancia con los incitadores y apologistas de la violencia de género que con los que hacen apología del terrorismo?”. El afamado periodista no tiene pelos en la lengua; se sirve a gusto una tan abundante ración de libertad de expresión que deja a los demás con hambre. Juzga y condena al autor del texto, y al parecer sin molestarse en leerlo, puesto que parece conocer muy bien al autor y ya da por hecho la maldad de lo que pueda escribir; o lo leyó muy rápido. Con paladines de la libertad como éste; con interpretadores tan objetivos y rigurosos no hace falta pensar, ya lo hacen ellos y nos dan la conclusión envuelta para evitarnos sudores mentales.
La demagogia es un valor en alza: ¡compren!



Ruben Romero de Chiarla, Barcelona a 9 de abril del 2011.-

domingo, 27 de marzo de 2011

La importancia de ser miope, y las ventajas que acarrea.


Siendo gurí chico que ni bandeaba los siete años se me atravesó la primera duda en serio de las que me viene a la cabeza: que igual había salido corto de entendederas. No me fijaba en las cosas que la maestra me quería hacer entender, me distraía en asuntos de poco provecho. Si la maestra me retaba la miraba, pero enseguida se me bajaban los ojos a sus tetas y sin remedio me zambullía en cavilaciones absurdas, de porqué las mujeres no saben mover las tetas, y si las tetas sirven para darle leche a los niños porqué las tenían  las solteras y  las viejas, y para qué  se les siguen criando hasta llegar a la barriga; pavadas que no servían para un carajo, pero imposibles de quitármelas de la sesera. Mi vieja me mandó a una vecina que me diera clases de repasada, pero no hubo caso porque la muchacha también tenía tetas. Un día me puso afuera con la cara para el sol, -dentro se veía poco por las ventanas chicas y la inexistencia de luz eléctrica-;  y ahí la vieja me hizo mirarla fijo, después me vichó de lado, me hizo rebolear los ojos, echarlos para arriba después para abajo; y al final vi por la manera de fruncir el ceño que había ensartado la idea que  llevaba barajando: que le había salido corto de vista. Como lo tenía entre ceja y ceja, en cuanto cayó mi padre se lo plantó, y para apuntalarlo bien le dijo que ella tenía parientes medios italianos que desde botijas chicos ya llevaban culos de botellas por cegatos; y que esas cosas son de herencia que  a veces pasan de los  más viejos a los más gurises saltando la parentela de en medio. Que ella viera clarito no quería decir que yo no precisara lentes, y que tenía que llevarme a un oculista. Mi padre la oyó porque no tenía más remedio, pero en cuanto la vieja paró para respirar, él le dijo que no dijera macanas, que con los ojos como bochones grandes que yo tenía, era del todo imposible que viera poco, que lo que me pasaba era por estar ocioso y me distraía de puro haragán, o a lo mejor había salido un poco burro. Pero al viejo le entró la duda, si se puso fastidioso fue por tener que gastar plata, que nunca había.  Y por otro lado estaba clavado que la vieja no se iba a ladear de lo que tenía fijo. Siempre estuvo segura que con la cabeza que nací y seguía conservando tenía sesos de sobra, y pensó que si no veía las cosas era difícil que me entraran y por eso me distraía con la imaginación. Según cuenta, estuvo un par de días haciendo fuerza para parirme, no había dios que me sacara; la mujer del taxista del pueblo que se prestó de partera se le sentaba en la barriga para ablandarme y que saliera. Las patas de la cama se clavaban en la tierra y yo hacía como que no me enteraba ni de los gritos de mi vieja. Al final salí con la cabeza como una berenjena en el color y la forma, más feo que negro con dos narices.  Y menos mal que la que hacía de partera,  toqueteándome le dio un poco de forma para juntar el hueserío y ver si aquello se acababa pareciendo a la bocha de un gurí recién nacido. La mujer tenía oficio porque la mollera de un gurí chiquito es blanda como manteca y podía haberme desgraciado. Y así y todo sucedió, que cuando tenía casi un año no la aguantaba solo, se me iba de un lado para el otro sin que tuviera gollete; no había manera, me la tenían que agarrar para que no me desnucara. Para mi madre esa cabeza grande no podía estar rellena de nada más que purita inteligencia y no iba a ser lerdo para dar respuestas. Fijo, que era corto de vista. Siendo vieja criolla, le llamaban gringa al ser de facha colorada por la italianada que le corría por las tripas, y  cuando se prendía a una idea era mejor darle lado para no tener que lidiar con la tropa de gringos que llevaba dentro. Y así nomás se puso en marcha para hallar la plata y que un oculista me mirara bien los ojos; no supe de dónde la sacó pero lo hizo. Me llevó, y tenía razón. Para desgracia de todos resulté miope. Enseguida le encargó los lentes fiados al Turco (que era judío pero nadie se animaba a decírselo). El Turco bajó las orejas y apuntó en la libreta porque nunca habíamos embrollado y nadie hablaba mal de nosotros. Que dieran algo a los pobres para pagarlo después no era cosa hecha, se tenía que haber echado fama de cumplidor. Tardaron como un mes para hacerlos pero en cuanto me los encajé ya cambió la cosa, veía todo clarito y hasta escuchaba mejor. Ahora sí, si me distraía después de la plata que se gastó sería un bolas tristes. Tenía que fijarme bien y  acertar todas las preguntas. El viejo cuando me vio se puso contento,  me dijo que parecía que ahora sabía más, que estaba igualito a los que siempre están escribiendo a la sombra mirando revirado, y que me lo estudiara todo porque los lentes costaron mucho y no los fuera a romper por andar chiviando. Me gustó tanto lo que me dijo, que hasta compadreé con mis lentes; estaba más contento que perro con dos colas.
         La mayor tragedia que la miopía le trae a un pobre, no es que vea poco, sino que tiene que ponerse lentes. Lo que ganaba mi viejo en un mes pelándose el culo en el tambo, no alcanzaba para pagarlos al contado. Y cuando ya los tuve, lo malo venía después: ¿y si se rompen qué hacemos? Aquellas ventanas con vidrios de aumentos, me cambiaron la visión de todo lo que me rodeaba. Me aficioné a fijarme tanto que más que mirar hacía fotos, me tomaba mi tiempo sin despegar los ojos de lo que quería aprender. Y eso duró para siempre; siendo ya mozo  tardé un rato largo en darme cuenta que casi todas las mujeres tenían celutitis, las estudiaba con tanta afición de la cintura para abajo cuando iban de espalda, que al llegar a las piernas ya se me habían ido. Desde ahí para delante ni se me podía ocurrir jugar a la pelota, cualquier tiro torcido de otro, me podía romper los vidrios o la armazón; y menos todavía  pelearme a trompadas, un error en la esquivada arruinaba a mi familia. Si me rompiera un brazo o una pierna no sería nada porque se cura solo; pero si eso le pasaba a mis lentes había que ir al Turco. Y encima el doctor le dijo a la vieja, que tenía que llevarlos de efectivo todita la vida. Con eso cuando fuera mozo no serviría ni para peón. Trabajar en el campo con lentes era más que fulero, y en el pueblo tampoco, habiendo pila de gente que veía bien, quién iba a querer a un miope. Cuando quisiera hacerle entender una verdad a otro, ya no podía contar con partirle la jeta si se ponía porfiado, aunque fuera la mejor forma que lo entendiera todo. Ni tirarle de lejos piedras con la onda, vaya que rebotara una y me rompiera los lentes. Me dio una rabia bárbara caer en la cuenta de todo lo bueno que ya no podía hacer; y no sabía cómo sacarme la desgracia de encima. Pero no tuve otro remedio que estrujarme el mate para encontrarle la salida. A lo del fútbol le hallé la vuelta pronto: era una bobada de jueguito, veinticinco hombres ya hechos, corriendo en calzoncillos como rabiosos detrás de una pelota pintada a cuadros. Era de risa, unos cuantos corrían para un lado y la otra parte para el otro, siempre desesperados para meter el cuero en un marco hecho con dos palos blancos enterrados y otro de travesaño. Los tres más viejos iban siempre de negro, a uno lo echaban al medio y los otros dos corrían para arriba y para abajo por los costado del campito sin salirse de una línea marcada con cal  y sujetando de un palo una banderita. El que echaban al medio no podía salirse de allí y se pasaba todo el rato haciendo ademanes y soplando un pito, mientras corría  detrás del que llevaba la pelota, pero nunca lo alcanzaba porque se paraba antes. Y alrededor del campo un montón de gente con gurises y perros, gritando como unos pavos y metiéndose fiero  con el del pito  y hasta a veces con su madre. Seguro que por eso siempre iba de luto. Y lo más raro del caso, que cuando sacaba del bolsillo un cartoncito rojo, después de soplar fuerte el pito,   se los enseñaba a todos como si fuera una estampita de la comunión, y unos le aplaudían y otros le puteaban. Y así me dije que lo de la pelota era una bobada que no valía la pena y nunca me arrepentí.
         Me fue más fastidioso renunciar a bajarles los dientes a los demás cuando fuera obligado, y nunca me he llegado a convencer del todo. Un baboso redomado de esos que no tienen vuelta, suelen aprender ligero con cuatro trompadas en el hocico y dos patadas en el ojete. Pero, ¿y si me rompían los vidrios? Y no está nada bien amansar a otros a piñazos y patadas. ¡Que sigan siendo ignorantes y que se jodan!. En ocasiones para peor, resulta que el que da lesiones a lo bruto acaba mal enseñado, o encuentra a uno que lo amansa con el mismo santiguado. Entonces; me empeñé de veras en hablar bien, quise saber decir y que se me entendiera todo, de manera que cuando fuera grande y se me engrosara el habla pudiera salvar los vidrios en parejo con mi gallardía. El camino que agarré se me hizo más poseado, pero con mejor panorama. Por otro lado chapé al vuelo que casi todos me querían más. Y mis viejos los primeros: ¡pobrecito que es cortoevista!. Mi madre recomendó a los de casa y al vecindario que ni se les cruzara pegarme en la cabeza que era malo para la vista. Aunque nunca se lo escuché, seguro que en el fondo se atajaba por los lentes y sacrificó que me fueran corrigiendo aunque lo mereciera.
         Y así empecé a verle las ventajas a la miopía, y a buscarle otras nuevas. Mi padre nunca me cacheteó, si me tiró algún viaje siempre apuntó a errar, no fuera a ser que por su culpa me saltaran los lentes. Y entonces me hablaba. Y la vieja también, aunque en ocasiones para apoyar la conversa se ayudaba de una vara de mimbre que tenía en el rincón de la cocina, que cuando me la aplicaba me dejaba las canillas ardiendo. Me fui acostumbrando a los lentes y a leer todo lo que encontraba a mano aunque fuera un pedazo de diario de un par de años antes, y me hice a la idea  que el que lee y lleva lentes siempre sabrá más que el que trotea al sol descalzo o se sube a los árboles haciendo macacadas. No hay más que ver que los hombres que salen retratados en los papeles, siempre van con lentes y además tienen la cabeza pelada y brillosa porque no se les aguanta el pelo; otra suerte que de yapa me dio el destino al poco tiempo. Además por cierto, si la cara de uno resulta incómoda de mirar o no encaja bien en el conjunto, con unos lentes de armazón linda se puede repechar. Aunque verídico es que en aquellas tareas a las que me obligaba el tironeo de mis urgencias los lentes no me ayudaban nada. Cuando descargaba camiones con bolsas de harina, me torcía la realidad el polvillo en los vidrios al juntarse con el sudor que me goteaba de la frente, tanto, que a veces tenía que tantear con las manos para no tastabillar. En las vendimias en ocasiones algún sarmiento me obligó a coser la armazón con alambre. En la fábrica de chorizos cada vez que salía de la cámara se me empañaban los vidrios de vaho y tenía que mirar por arriba para no llevarme nada por delante. Cuando hice de albañil siempre los llevaba salpicados de portland como cagaditos por las moscas o de algún otro bicho con más culo; y siendo mensajero cualquier garúa me dejaba la visión con lamparones. En fin, en todo lo que a mí no me gustaba mucho, mis lentes no me ayudaron. Pero es más verdad que cuando me hice universitario mis lentes se portaron macanudo, estuvieron tan a gusto con lo mío que engordaron de lo lindo: les doblé  el grueso de los vidrio. Fue entonces cuando mis lentes y yo estuvimos en comunión. Estoy orgulloso de ser miope, de no haberlo sido, seguro que hoy sería zampaboya o un bichicome.
         Si a la suerte de ser miope le anudo la otra de haber nacido en un pago que cuando hicieron el reparto de esperanzas no me llegó ni una y no tuve más remedio que mandarme a mudar ayuntado con el silencio para interpretarlo a mi antojo; entonces quedó clarito que aunque me hubieran hecho por pedido, no habría salido tan suertudo. Suerte es tener inconvenientes que se dejen gobernar: como los míos. No hay más que mirar alrededor y ver las desgracias de los otros; haciendo un suponer en un cristiano que sea como un bratpit: todo bien hecho, con plata y mujeres que le revolotean como mosca en lo dulce; si es así, seguro que es flojo de galladuras, que se engruesa los brazos con remedios de vacuno y vive empedo todo el día. Seguro que no falla. Y eso sí que es tener mala yeta;  le salga como le salga siempre sale escaldado: si la señora se le va será porque él flojea en el catre, y si se le queda será que es pelandruna y además le mete guampas. Si  nos corremos para el lado de las mujeres pasa lo mismo o peor: si es linda de pecho, linda de atrás y linda de cara y encima se mantiene sin pedir, será porque se hizo redondear el culo, se rellenó las tetas con plástico blandito y se hizo tiraje de pellejos para andar puteando a gusto. Es más que sabido que las lindas putean o son taradas. Pero si tienen bigotes, las tetas caídas y granos en la frente, pero llevan lentes, es que salieron inteligentes, escribanas o doctoras; seguro. Se trata de emparejar haciendo justicia. La respuesta a  esto que parece un desatino está en la democracia. Es más viejo que la injusticia el saber que la gente solo se puede rejuntar en democracia si no quiere estar siempre embarullada en grescas y que la mande un milico. Y la tolerancia es el abono principal. Y para que todos entren hay que pararle el tranco a los  perfectos. Para eso no hay más remedio que encontrarle un defecto y tolerárselo después. Últimamente a los miopes nos han salido unos intolerantes del carajo con el berretín de curar la miopía. Por más baqueanos que sean, hacen sudar frío solo con que lo cuenten. Con un coso filoso como hoja de afeitar le abren a uno la tapa del ojo, le arremangan la tela para arriba y se la pegan en la ceja para que se aguante un rato, y enseguida con un soplete que echa rayos, le queman el agujero negro de la niña, le tiran un pegapega, le bajan la tapa desde la ceja y ahí se queda; después va el otro ojo;  y a la mierda la miopía. Y así sale el desgraciado lagrimeando con cara de abombado y derechito a comprarse unos lentes negros para que no le jorobe el  sol y no  le vaya a entrar una basura en el tajo que le dejó el intolerante que se quedó con su plata. Y todo para qué; ¿para que haya que hallarle otro defecto?
Ruben Romero de Chiarla, Barcelona a 27 de marzo del 2011

viernes, 18 de marzo de 2011

DIVORCIO, DINERO Y NIÑOS.


Es seguro que no existe ninguna persona de buena fe que, ante una quiebra matrimonial dé por bueno mezclar las cuestiones económicas con las relativas a los niños.  Nadie defiende tal cosa en abstracto, como nadie es capaz de separarlas absolutamente cuando el caso le atañe personalmente. Generalmente la  familia se sustenta  en dos pilares: padre y madre; y cables de tiraje que vienen de la familia de uno y de la del otro: abuelos, tíos, hermanos. Y mientras la familia subsiste, los dos pilares y los cables auxiliares soportan el peso repartido, aunque el peso soportado no sea exactamente igual en un pilar que en otro. Rota la solidaridad en el sostenimiento, las tensiones se diversifican, unos cables se destensan  y otros tiran más, y aparecen grietas y goteras donde no las había.  Y entonces, el pilar padre busca otros derroteros, intentando soportar solamente el peso de los hijos como la parte que le queda de la familia rota, y al mismo tiempo construir una alternativa con el resto de su potencial. El resto como tal, siempre es menos de lo que tenía. El pilar madre hace o pretende hacer exactamente lo mismo. Los dos se exigen compartir el peso que requiere el soporte de los hijos, pero con tendencias distintas y mayores exigencias. Los dos con la misma legitimidad e idénticos derechos; pero siempre con los restos. Sucede que en muchos casos, el resto es casi nada, o sencillamente no hay. Mientras la familia permaneció unida, por ella se dio el resto. Ninguno de los pilares suele guardar para sí potencial de sobra, y si lo hizo, aflorarlo se le hace cuesta arriba. El equilibrio emocional proporcionado por la paz familiar, el afecto, la confianza y el proyecto de vida común, propiciaba poner todo el potencial humano y todos los recursos en la familia que se tenía. Cuando esos elementos de unión –afecto, confianza y proyecto común-, se diluyen, cada elemento del entramado familiar, separado del conjunto,  pierde la utilidad que sobre el todo tenían: una mano lava a la otra y las dos lavan la cara. Separados o divorciados la madre y esposa se convierte en mujer sola con hijos; y el padre en hombre solo con hijos. La mujer necesitará reconstruir su vida, superar las frustraciones, y el hombre también. Ambos en soledad lo primero que deben hacer es tratar de encajar los errores propios cometidos, para restablecer su paz individual. En la práctica no se comienza por ahí ni de lejos, se arranca por el análisis de las culpas del otro. Culpar al otro parecer que es el bálsamo que reconstruirá la autoestima; no lo es, pero lo parece. Cuánto más víctima se siente uno, más culpable se le hace al otro. Y el culpable siempre es el fuerte y el responsable de la hecatombe. Y todo culpable ha de pagar: ¡qué pague!. Pero, los procedimientos judiciales en los juzgados de familia por los que se encausa la controversia no prevén ningún castigo; las sentencias de separación o divorcio no terminan en condenas que impongan penas al culpable de la quiebra familiar; determinar al culpable no es la finalidad de tales procesos: no se busca. Y lo peor, es que tampoco es defendible que  se encuentre; si se hiciera ,posiblemente los dos irían presos. Pero, y quizás por eso,  las víctimas no se resignan. Y hay dos víctimas; el hombre que se siente víctima de la mujer y la mujer que se siente víctima del hombre. Ninguno asume la culpa; se la atribuye al otro; y el otro que pague. Y si no se le puede hacer pagar de una manera más justa, ha de pagar con dinero. La víctima siempre consigue aliados. La mujer víctima, encuentra un entorno que le apoya en el justo designio de dejar a su victimario sin un duro. La víctima hombre recibe de su entorno la consigna de que su victimaria no se lleve nada. En la inmensa mayoría de los casos, casi todos, las pretensiones de las dos víctimas son distintas. La femenina intenta sacar, la masculina no dar. Pero resulta que lo que se saca junto con lo que no se da, constituye menos del todo que antes había para los dos y para los niños. Y los niños se convierten en instrumento para sacar y en instrumento para no dar. El hombre como sólo le quedan los hijos, de  lo que fue su familia, intenta que los extraños no reciban nada, y la más extraña de todas es la ex-esposa que además es la única culpable. La mujer se sitúa en la misma  posición, está sola y tiene a los hijos, e intenta sacar para ella y sus hijos lo máximo posible del único culpable de su situación. Las dos víctimas-culpables se atribuyen para sí la exclusividad en la defensa de la prole. Todo lo que hacen, o le hacen al otro, es por sus hijos; para ellos no quieren nada. La mujer por sus hijos hasta les busca un padre nuevo, y el hombre por sus hijos procura una madre sustituta, cualquier otra mujer lo hará mejor. Realmente ambos lo que quieren conseguir es, afecto, confianza, un proyecto común con otra persona y una nueva paz familiar; pero esa empresa comienza con hipotecas que se traen de la fallida, que hablan, piensan, piden, exigen, se quejan y sufren; y en cuanto dejan de hacerse pipí y caca inician la edad de la gilipollez. Todo incrementa los gastos: dos viviendas, dos neveras, dos lavadoras, y dos cama de matrimonio por completar en su cabida. Los niños son los mismos, pero necesitan igual espacio con cada progenitor, y acaban ocupando el doble. Antes del naufragio el barco tenía capitán, contramaestre, una marinería que les respetaba y un solo rumbo. Después quedan dos botes con un capitán cada uno, sin contramaestre, y una marinería en desobediencia jerárquica esperando ofertas y haciendo reivindicaciones sobre una mar en calma chicha. Las reivindicaciones generalmente son todas aceptadas bajo condición suspensiva de que las pague el culpable, que siempre es el otro. Y aquí es cuando el dinero deja de ser medio para conseguir cosas y se convierte en la cosa a conseguir. Y realmente es verdad que quien exige lo necesita, y quien lo niega no lo tiene. Al que exige le asiste razón puesto que tiene menos tiempo y más gastos, y el que no da también, y por los mismos motivos. Pero ninguno de los dos admite al otro que los dos  tienen menos tiempo y más gastos; admitir tal cosa al enemigo culpable sería  como reconocer que en eso se está peor; y no puede estarse peor habiéndose alejado del culpable. Resulta obligado estar mejor. Tener menos tiempo y más gastos es culpa del otro, y por ello el otro tiene que pagar. El incremento de gastos no solo viene por tener que duplicar las cosas; es que además surge la necesitad de tener más cosas y más caras. La acumulación de cosas y el incremento de sus calidades, resulta de suma utilidad para casi todo lo que se considera imprescindible. Es imprescindible mayor gasto en ropa y en todo lo que tiene que ver con la decoración externa puesto que cada uno entra en el mercado para ser merecido y lo hace con  exigencias más depuradas, y así: más cremas, más perfumes, más peluquería, y si es posible un coche descapotable de dos plazas.  Las cosas tienen que ser de buena calidad para que se vean y proporcionen rendimiento eficaz en los ratitos que quedan. A los niños hay que darle cosas a la última moda para compensar la falta de tiempo. Y hay que salir; y no a cualquier sitio si la salida consiste en encontrar; y para encontrar hay que invertir tiempo y dinero y además parecer que se está contento y desinteresado, de lo contario no se halla. Y cuando se halla hay que satisfacer el hallazgo invirtiendo tiempo y dinero; y si se abandona lo hallado se pierde lo invertido; y a empezar de nuevo. Como no se quiere repetir el fracaso, al hallazgo se le mide con el molde del culpable y como encaje solo un poco se huye de lo encontrado como gato al agua caliente. Y los niños siguen ahí, siempre se quedan esperando, no tienen otro remedio.
         Pero no siempre es así, los hay que entran en barbecho. Si es mujer, parte de la premisa que no hay hombre que valga la pena porque son todos unos cerdos; deja de depilarse, no se tiñe el pelo, ni se pinta, consigue que los amigos nunca estén; si trabaja comienza a faltar y si no lo hace no lo busca; se atiborra de ansiolíticos y procura que el culpable no se olvide de ella; se centra en la destrucción como objetivo prioritario. Como deja de ganar y tiene más gastos, necesita dinero que el culpable ha de darle; y si no se lo da, casi que mejor porque así el culpable  es más culpable y ella tiene más razón . Si es hombre parte de que todas las mujeres son putas, salvo su madre y sus hijas si las tiene; deja de planchar la ropa o no sabe; no se pone desodorante; quema el sofá con los cigarros; chorrea con cerveza todo el piso; no hace más horas extras, se le expande la barriga y prefiere pagar mujeres por hora que siempre será más barata que la que dejó. Tiene más gastos y menos ingresos, pero casi que mejor, para que no se lo lleve la guarra, que es la culpable de todo. Y los niños siguen ahí, siempre se quedan esperando, no tienen otro remedio…
Barcelona a 19 de marzo del 2011; Ruben Romero de Chiarla.-

domingo, 6 de marzo de 2011

Julio Molina Alegre

Te acordás….
Claro que me acuerdo. Me acuerdo de todo como si fuera ahora.  Qué te creés, ¿que porque haya perdido el pelo también se me han caído los recuerdos? Como si te estuviera viendo: en el tren, yendo para Montevideo los domingos por la tarde, para la Pensión de la gallega  de la Calle General Flores, en verano, cuando trabajábamos en la chanchería con Cadera; vos tenías una camisa de cuadros verdes con rayas rojas que te la arremangabas por encima de los codos y metías el paquete de Nevada en el doblés; flaco como galgo, media melena, el termo azul bajo el bazo, el mate en la mano, y un bolsito con la muda para la semana y el equipo blanco de trabajo que te lavaba Doña Blanca, tu vieja. ¿A qué vos no te acordás de cuando me comí todas las milanesas? ¡Ah, amigo!  Estábamos en la pieza de la pensión, vos, Cadera, Jorge Perrone, Pitino y yo. Vos y Cadera desde Isla Mala ya iban hablando de fútbol, creo que era cuando Cadera y Pitino hacían de directores técnicos del Peñarol de las Canteras, cuando los dos se habían comprado unas trincheras negra igualitas; y vos, me parece que hacías de juez o jugabas, de eso ya no estoy seguro. Pero lo cierto es que estaban analizando las jugadas, y de vez en cuando Pitino metía la cuchara para animar la discusión; como a mí lo del fútbol nunca me entusiasmó mucho, al menos desde cuando gurí me pusieron lentes; yo escuchaba como quién oye llover e iba comiendo milanesas; cuando terminaron la discusión ya no quedaba ni una. Pero te juro que fue sin darme cuenta, yo comía distraído  y me las zampé todas. ¡Qué joda! No estuve bien, ya lo sé… ¿Y te acordás?, cuando trabajábamos con el Pardo en la fábrica aquélla que hacíamos las carcasas de las planchas Philips; uno de los dueños me parece que se llamaba Nelson, el otro socio ya no me acuerdo. Nos trataban muy bien, nos decían cariñosamente: canarios; nos daban palmaditas en las espaldas, de agradecidos que eran con nosotros que le trabajábamos hasta dieciocho horas al día. Pero, te acordás que cuando al Pardo le machacó el dedo el balancín y descubrimos que no pagaban los seguros, y reclamamos con aquél que se llamaba Pinino, que era medio abogado y que luego lo mataron los milicos; entonces ya no nos daban palmaditas los hijos de puta, sino que se fueron a lambetearle a los milicos, a denunciarnos por sediciosos. Y los del esmaco nos echaron de Montevideo. Sí; el esmaco, eso quería decir: estado mayor conjunto; la junta militar de los milicos que mandaban y hacían desaparecer gente; nosotros les debimos dar lástima y solo nos corrieron de la capital. Y vos, el Pardo y yo, volvimos a Isla Mala con la cola entre las patas… Al poco tiempo nomás; agarramos los tres para Punta del Este;  llevamos los colchones al hombro y unos ataditos con nuestras pilchas; yo me hice una mochila con una bolsa plastillera montada en una armazón que fabriqué con la baranda de la cama de cuando era gurí, que mi viejo guardaba en el galponcito. Agarramos el tren, luego un ómnibus, y llegamos a Maldonado serios como cusco en bote, sin saber muy bien para donde agarrar…. La plata nos daba para unos refuerzos de mortadela, para galguear un par de días. Si no estoy errado, enseguida comenzamos a trabajar de peones en una obra en la Punta. Creo que se llamaba Torreón el edificio. Al Pardo y a mí nos metieron en el foso de la mezcla, y vos te fuiste a las carretillas. ¿Te acordás del capataz aquél que teníamos los peones?; era rengo y bastante hijoeputa, no nos dejaba ni respirar. Menos mal que vos y yo fumábamos y mientras armábamos el cigarro enderezábamos el lomo; más jodido lo tenía el Pardo que no fumaba y encima tenía la pata chueca. Pero a la semana y poco, ya nos pudimos comprar botas de goma y curamos las llagas que en las patas  nos hacía la cal… Había que pelearse en la casilla del que repartía las palas: para elegir la más chica. Si te tocaba una pala nueva al cabo del día levantabas miles de kilos más que si la pala estaba bien gastada; y se notaba en los brazos y la cintura; ¡joder si se notaba! …. Echábamos los bofes; ahí vimos que lo mejor para las mataduras de las manos era mearla bien por las mañanas. Mirá que hicimos techos de baños cuando estuvimos en el edificio aquél cerca de Gorlero, creo que ese se llamaba Torre del Sol; ahí casi que lo pasamos bien; todo el día con la mezcla fina mirando para arriba y escuchando la radio; no estuvo mal, los capataces casi nunca venían a rompernos las pelotas… A mí me jodió mucho cuando en los veranos no podíamos agarrar el ómnibus en el centro de Punta del Este; los desviaban por fuera porque afeábamos el paisaje a los turistas platudos. Nosotros con la olla de la comida, llenos de cal y portland hasta en los ojos, con botas de goma a media canilla y las patas envueltas en arpillera, haciendo varias cuadras a pié para que no nos vieran los ricos… Yo cuando fui a Punta del Este ya tenía decidido dejar el Uruguay; cuando me mudé a España hermano; nunca me sentí extranjero como me hicieron sentir allá, que se supone era mi país… Te acordás cuando escuchábamos a José Larralde… Escuchá, escuchá: “me fui pa la ciudá porque se me dio la gana; si ando como las ranas zapateando en el bañao, no es culpa mía cuñao, yo también soy raza humana. Sabedores de escritorios, consejeros del saber, quisiera poder creer que naciste de tu mama, con una jerga por cama, pa contarme como fue. Seguro que en otro lado no ha de ser todo tan bueno, pero andar en campo ajeno sin más razón que durar, termina por reventar hasta el genio más sereno…”  Te aseguro, ché, que cuando en la universidad aprendí  a Sartre, que era un francés medio visco que se inventó el existencialismo, y  a los filósofos griegos que se hicieron famosos hace mil años por decir que solo sabían que no sabían un carajo, nunca se me quedaron en la memoria como se me quedó Larralde; ¡la puta!, ese viejo sí que era filósofo; parecía que cantaba para nosotros y que nos estaba viendo… Al poco tiempo que llegué a aquí te mandé por carta una poesía que te dediqué; ya no me acuerdo que te puse, pero hablaba de los tiempos nuestros en las obras, de las miserias que vivimos juntos, y de las injusticias; la escribí a mano, y no guardé copia. Cuando fui a verte a Isla Mala, como a los 3 o 4 años desde que me había venido, la primera vez que fui para ver a los viejos; te visité, y lo primero que me enseñaste fue  la poesía mía: la habías clavado con chinches en la parte de dentro de la puerta del ropero.
JULIO MOLINA ALEGRE; hace un par de días me llamó mi vieja y me dijo que te habías muerto y que ya te habían enterrado. “Cuando el hombre anda en la mala, pisa caca y se resfala, pisa en los seco y también, el infierno y el edén en su suspiro se exhala…” Hermano; yo no creo en dios, pero si me equivoco y existe, ahora que soy abogado apelo a  que te trate bien, que tengas siempre yerba para tomar mate y algún compañero para conversar; que no te falte nada importante. Hoy cuando salí del despacho en la moto, sin avisarme te me presentaste en mi cabeza y me llevaste más de  treinta años para atrás y, sería por el viento, pero se me caían las lágrimas como porotos; y llegamos hasta cuando éramos unos botijas; bueno, vos no tanto: me llevás como seis años… Si por aquellas cosas alguna vez nos encontramos,  vamos a tomar mate hasta que pase un cura a caballo en un burro blanco, mientras escuchamos a José Larralde: “ se va el hombre de su pago, y es muy fácil de entender, alza hijos y mujer, vende recao y caballo, perro, gato, pato, gallo, y rancho si supo tener. Se va el hombre de su pago cansao de andar esperando, que alguno se ande acordando, que  él también es un paisano y tiene dos buenas manos, pa no vivir mendigando…”
¡Adiós compañero; hasta siempre Julio!
Ruben, 4 de febrero del 2011.-