Posiblemente las
controversias identitarias tienen su causa en una suerte de defensa grupal
contra la globalización, aunque sus consecuencias no parecen benéficas en
cuanto se está convirtiendo en un separatismo globalizado sustentado en el victimismo.
Y así, los homosexuales sintiéndose víctimas de una mayoría heterosexual se
separan del resto para supuestamente defenderse de una mayoría hostil que siempre
les ha humillado, creando para ellos una subcultura específica con símbolos exclusivos
y excluyentes. Las mujeres se organizan contra un supuesto patriarcado creado
exclusivamente por los hombres para someterlas, y de lo que ellas se han de defender
puesto que solo ellas pueden comprender el sufrimiento padecido desde el inicio
de los tiempos. Los inmigrantes se han de organizar como tales para combatir la
resistencia de los autóctonos y estos contra aquellos para no ser invadidos.
Los negros lo mismo para defenderse de los blancos y los blancos contra los
negros para no ser superados en número. Los catalanes y los vascos para
sobrevivir ante el aplastamiento que los españoles siempre han pretendido. Los
españoles se han de unir para defenderse del adoctrinamiento antiespañol de los
separatistas separándose de ellos o al menos neutralizarles. El mundo
occidental cristiano se ha de organizar para combatir la invasión de los
musulmanes que tratan de subvertir la cultura democrática. Los musulmanes se
han de defender de la corrupción moral que los occidentales intentan
inocularles para acabar con su cultura. Cualquier cosa que diga un heterosexual
en referencia a los homosexuales tenga el contenido que tenga ha de ser
rechazado, puesto que un heterosexual es incapaz de entender y menos defender la
los homosexuales. Cualquier cosa que diga un autóctono sobre la emigración
tenga el contenido que tenga, nunca puede ser en defensa de éstos, puesto que al
no ser inmigrante no lo puede entender. Los inmigrantes vienen a robar lo que los
autóctonos tienen. Diga lo que diga un
español sobre vascos o catalanes ha de ser rechazado por un catalán o un vasco,
dado que al no serlo no puede entender ni el sentimiento, ni la historia represiva
padecida por culpa de los españoles. A la recíproca lo mismo, ningún catalán ni
vasco puede entender cuán ingratos y desagradecidos han sido éstos ante los españoles.
Las mujeres no pueden contar con los hombres dado que éstos están contaminados
hasta el tuétano del machismo ancestral. A la recíproca tampoco, puesto que las
mujeres son histéricas por naturaleza y siempre han vivido de los hombres. Los
jueces no pueden dictar sentencias que se aparten del veredicto popular que previamente
al juicio ya fue dictado y si lo hacen es por padecer problemas singulares incapacitantes.
La libertad de expresión es absoluta mientras no se ofenda a nadie, y habiendo
tantos grupos separados y enfrentados siempre hay uno dispuesto a ofenderse por ser
víctima. El victimismo se ha convertido en un común denominador,
todos somos víctimas de alguien, porque todos tratan de violar nuestros
derechos; y no hay derecho. Todos nosotros como víctimas que somos tenemos
derecho a crear nuestro relato de lo víctimas que somos de los victimarios. Y
tenemos que defender nuestros derechos identitarios, hombre contra mujeres, mujeres
contra hombres, homosexuales contra homosexuales y viceversa. Occidentales
contra Orientales y viceversas. Catalanes contra españoles y viceversa.
Emigrantes contra autóctonos y autóctonos contra emigrantes. Negros contra blancos
y blancos contra negros. Patrias contra patrias, banderas contra banderas, símbolos
contra símbolos. Los otros no cumplen sus obligaciones pisoteando nuestros
derechos. Hay que defender a las víctimas, pero no está claro quien queda para
hacerlo, puesto que todos somos víctimas en la globalización del victimismo.
Barcelona a 4 de abril del
2018. RRCh