viernes, 1 de junio de 2012

BANKIA


Un rato de cuento.


Había una vez en la capital de las Españas, unas gentes que tenían una caja  de lata para que otra mucha gente guardara cosas dentro. Los cuidadores le cobraban a los que ponían cosas dentro, por el tiempo que ellos dedicaban a cuidarla y ordenar su contenido, para que arregladito cupiera más. Y si los que ponían cosas dentro dejaban que sus cosas los cuidadores se las prestaran a otros, le pagaban un poquito por lo que dejaban, y le cobraban más a los que se las prestaban. Las gentes que no tenían cajitas en sus casas, guardaban en la caja de los cuidadores,  los dineritos y los papeles que representaban cosas, y daban permiso a los cuidadores para que se las prestaran a otros y le pusieran después un poco más por el tiempo que ellos no lo tenían. Los cuidadores de la caja habían amaestrado a una gaviota que pintaron de azul, y le enseñaron a hacer lo que saben hacer las palomas: llevar mensajes cogidos de la patita, y también le enseñaron lo que saben hacer los cuervos: sacar los ojos. Pero le dijeron a la gaviota que eso de poder  sacar los ojos a las gentes, tenía que guardarlo para ella sola sin contarlo, y para después, y que hasta que no se le dijera, sólo tenía que hacer lo de los mensajes de paz y tranquilidad con una ramita de olivo en el piquito. La gaviota, muy elegante, cruzaba los cielos de las Españas con las alas muy, pero muy  estiradas; ¡así de estiradas!. Era un ave preciosa, majestuosa; tanto, tanto, que los pastorcillos empezaron a creer que la gaviota azul anunciaba una buena nueva, y creyeron que ella les iba a traer regalos como les traían los reyes magos cuando ellos eran chiquitos.
En otro lugar de las Españas, en el reino de Valencia había otro grupo de gente que tenía otra caja, también de lata,  para guardar las cosas de los demás, y se entretenían con ella, y cuando precisaban alguna cosita abrían la tapa y sacaban lo que ellos precisaban y un poquito más para tener de sobra y que no hiciera falta abrirla todos los días. Y la gaviota azul surcaba los cielos de Valencia con la prestancia que lo hiciera por los campos, hace como mil años, Don Rodrigo Díaz de Vivar empuñando la Tizona a la grupa de su caballo llamado Babieca, para salvar a las Españas de los moros. Los españolitos: pastorcillos, productores y sirvientes,  como la mitad de todos, se encomendaron a la gaviota azul; era tan bonita y tan azul que creyeron en las bondades que parecía prometerles. Entonces, el grupito de Madrid que tenían la caja, por medio de la gaviota azul, se hablaron con los que tenían la caja en el reino del Cid Campeador; y pensaron que como sus dos cajas, que cuando la sacudían sonaba poco y creyeron que igual no tenían ya casi nada dentro, pero si conseguían que un hojalatero soldara las dos, mediante la técnica de la fusión fría, poniéndole una sola tapa, se podía conseguir una caja grande que aunque dentro tuviera poco, tendría espacio para guardar mucho. Estuvieron discutiendo sobre cuál sería el hojalatero más brillante de los hojalateros de todos los Reinos de las Españas. La jefa del grupo de los madrileños llamada Esperanza, tenía a uno, que era amiguito suyo y lo quería mucho, e hizo mucha, mucha fuerza, para que ese fuera el hojalatero elegido; pero resultó que el grupito de los valencianos también tenían amiguitos, y al final, salió uno con barba, que hablaba así como si se le escaparan las eses por la boca, y dijo que él era al que más cosas le había contado la gaviota azul, y que ésta le había dicho en secreto en su orejita, que él se encargara de elegir al mejor hojalatero, para que no se pelearan los otros. Entonces los otros se callaron, aunque se quedaron un poco enojados,  y el de la barba dijo, que el mejor hojalatero mundial y de parte del extranjero era su amigo Rodrigo. Y todos aceptaron que fuera Rodrigo. No era el Rodrigo Díaz de hace como mil años, sino otro Rodrigo que hacía mucho rato que se había especializado en la hojalatería fina.  Y todos juntitos cogiditos de las manitas cantaron y bailaron, tiraron confetis y serpentinas, y repartieron chupipasas a los niños, festejando que tendrían una cajota grandota para ellos solitos, y alentaron a todos para que pusieran sus dineritos en la cajota grandota para guardarlos y reproducirlos prestándoselo a los que no tenían. Pero, como la gaviota seguía y seguía volando por los cielos de todas las Españas, otro grupito de Canarias, otro de La Rioja, otro de Ávila, otro de Segovia y unos que tenía una cajita que le llamaban Laietana, dijeron que ellos también ponían las latas de sus cajitas para que Rodrigo, el hojalatero mejor del mundo, las desarmara y con las latas hiciera una mucho, mucho más grande. Rodrigo dijo que sí, que él por hacerlo cobraría dos millones trescientos cuarenta mil euritos por año para hacer el trabajo, y que él traería a unos amigos para formar un equipo. Que necesitaba un equipo porque había mucho que hacer, para con tantas cajas hacer una sola, y que a lo mucho, él con su equipo solo cobrarían juntitos  por cada año, unos diez o veinticinco  millones de euritos. Pero que había que ponerle un nombre a la caja grandota que él iba a soldar, y todos dijeron que se llamaría Bankia, con ca y sin cu, porque quedaba más moderno.  Luego el jefe Rodrigo en julio del año 11 de este milenio, pensó que si hacia unos papelitos que le llamaría acciones y conseguía que otra gente se los comprara en una bolsa, podía llenar la caja de euritos. Y todos estuvieron contentos, Rodrigo hizo los papelitos, y la gaviota azul le ayudó volando y volando con gracia por los cielos de las Españas para que los pastorcillos, los productores y los sirvientes españolitos compraran los papelitos, que seguro que al poco tiempo ya valdrían más y así los pastorcillos, los productores y los sirvientes tendrían más dinerito.  A los papelitos le llamó acción, que es un nombre que da fuerza y que parece que se mueve; y los vendió en una bolsa por tres euritos con setenta y cinco centésimos de euritos cada uno, y con todos las que vendió consiguió tres mil noventa y dos millones de euritos para la cajota. Llenó la cajota de papelitos con una nota en cada uno que decía, vale 3,65€. Al medio año Rodrigo presentó a todos una idea que llamó plan estratégico hasta el 2015, donde le dijo a todos que la cajota llamada Bankia antes de ese año sería una de las cuatro entidades financieras más grandota y fuerte y gorda de todas las que habían en los Reinos de las Españas. ¡Ah!, se me olvidaba decir, que en los Reinos de las Españas. habían otras gentes que tenían otras cajas para guardar cosas de las otras gentes, y otras gentes que tenían bancos donde se sentaban con un cajón, también para lo mismo, y que para que todos estos con cajas, cajones y bancos se portaran bien, se había inventado otro grupito de gente que se sentaron en un banco grandote que le llamaron Banco de España, que tenía un jefe que le llamaban Mafo, para que éstos miraran que los de las cajas y los bancos tuvieran todo limpio y ordenado para cuando los que ponían cosas y dineritos dentro de las cajas y los cajones de los bancos, estuvieran seguros que no se produjeran agujeros por dónde se salieran los céntimos o los papeles, o entrara la humedad y los mojara, porque los papeles mojados se rompen todos y acaban hecho una miseria que no sirve ni para limpiarse el culito. Rodrigo, con la barba recortadita a finales del año que pasó, anunció que el invento de él con las latas, había dado fruto, y que tenía unos beneficios de trescientos nueve millones de euritos que es un montón de dinerito; y todos cantaban y bailaban tocando la trompeta. Pero, cuando pasó medio año más, no se sabe qué pasó, pero lo cierto es que Rodrigo se enojó mucho, mucho, y se fue. Cuando se fue Rodrigo tuvieron que buscar a otro jefe, y encontraron a uno que había sido hojalatero y ya se había retirado con una pensión buena, y que tenía un nombre muy largo que trababa la lengua, y le llamaron Gori-gori. Gori-gori, abrió la tapita de la cajota que se llama Bankia, y vio que dentro faltaban como veinticuatro mil millones de euritos, que es mucho, tanto que se llenaría un carro grande  hasta los topes,  y que los papelitos que Rodrigo llamó acción, y que tenía apuntado 3,75€, ahora  valía cada uno 1,57€, y tuvo que corregir el número con un rotulador rojo. Y todos se pusieron tristes; y Rodrigo se fue en un carricoche con motor grande y muchas latas duras para que no se  agujereara, y como Rodrigo se fue, todos miraron a Mafo que se quedó un poquito más, y todos le preguntaron cómo no se dio cuenta que a Rodrigo se le había agujereado la caja, que le había entrado humedad y se le habían caído muchas monedas además de mojarse los papeles, y Mafo se enfadó porque se metieron  con él , y Mafo se fue también con las cejas fruncidas porque los otros no entendían que él no tuvo tiempo de mirar porque estuvo muy, muy ocupado, diciendo todo el tiempo muchas veces que a los pastorcillos, a los productores y a los sirvientes españolitos  había que recortarle los derechos que tenían, y que tardaron mucho en hacerle caso, y que mientras no le hicieron caso se hizo tarde, y que él no iba a decir ni mu, porque es muy responsable. Entonces el señor de la barba que se le escapan las eses por los dientes y que con la ayuda de la gaviota azul se había hecho jefe de todos los pastorcillos, los productores y los sirvientes españolitos que le eligieron, les dijo que ahora había que encontrar en otro sitio  los veinticuatro mil millones de euritos, y como él no los veía por ningún lado, se tenían que sacrificar los pastorcillos, los productores y los sirvientes españolitos porque él que era el jefe ahorraría: no comprando cuadernos, ni lápices de colores, y que dejaría de pagarle a algunos maestros, y que no compraría tantas  pastillas para los dolores, ni otras cosas para curar, pero que con esos sacrificios de los pastorcillos, los productores y los sirvientes, conseguiría que Bankia volviera a reunir los veinticuatro mil millones de euritos que  los nuevos cuidadores de la cajota llamada Bankia guardarían. Y los pastorcillos, los productores y los sirvientes se pusieron tristes y los unos a los otros se decían que eran bobos, y el jefe de la barba que perdía las eses por la boca los consoló diciéndoles que en poco tiempo todo se arreglaría y que todas las Españas serían de nuevo, una, grande y libre. Y colorín colorado este cuento se ha acabado por un rato.

Barcelona a 1 de junio del 2012. RRCH.   

2 comentarios:

  1. MARIA TERESA VIÑAS I CATA3 de junio de 2012, 1:04

    Que bueno, me gusta como lo has explicado. Es un relato ameno e incluso divertido. Si no fuera que es real como la vida misma y los pastorcillos ...no deben estar precisamente riendose.Lo comparto en Facebook

    ResponderEliminar
  2. Excelente como juegas con las palabras creando imagenes.
    Adolf carós

    ResponderEliminar