Todos somos cristianos, al menos
culturalmente. En esta parte del mundo en el que estamos, en cuanto a las
creencias los cristianos nos diferenciamos entre ateos, agnósticos y creyente.
Los ateos tienen la certeza que el tal Jeová no existe, pero no por ello dejan
de festejar la navidad y los domingos al menos no yendo a trabajar esos días;
no por ello dejan de contar los años para atrás y para adelante a partir de
Cristo; no por ello dejan todos de bautizar a los hijos, hacerle la fiestecita
de la Primera Comunión o darles regalos el día de Reyes aunque sea para no
quitarles la ilusión y mantenerles integrados en la mayoría; no por ello
pretenden los hombres tener varias mujeres y que todas lo sepan y acepten, ni
las mujeres varios hombres en iguales circunstancias. Si pasa, mejor que no se
sepa, y si se sabe mejor negarlo. Los agnósticos son los que se declaran
incapaces de conocer a Dios, sin negarlo para no caer en el absurdo de negar lo
que no conocen. Los creyentes son aquellos que esquivando las reglas de la
lógica y las ciencias tienen la seguridad de la existencia de Dios, y además
poseen la bondad y paciencia de atribuirle todo lo que está bien, puesto que Dios
es omnipresente y todopoderoso, y las calamidades del mundo se la achacan a
otros que ni son omnipresentes ni todopoderosos, aunque demasiadas veces actúen
a su libre albedrío sin que nadie le pare los pies. Todos por aquí somos
cristianos incluso en lo moral; las mujeres ateas no soportan bien que su
marido, pareja o novio comparta ayuntamientos carnales con otra, los hombres
ateos menos, si les toca a ellos una señora liberal en el sentido del libre
mercado expuesto. Eso de querer por igual a varias o varios a la vez, no encaja
bien y no se aguanta. La familia cristiana se fundamenta en la exclusividad de
afectos y revolcones, y generalmente entre individuos de distinto género; la
homosexualidad se tolera, pero no se festeja solo por ser ateo o agnóstico, los
creyentes auténticos si acaso la compadecen ya que tarde o temprano ésos, irán
al infierno. Todos los cristianos compartimos un mínimo común denominador. Y
por ello, el Papa Francisco, lo reconozcamos o no, nos está ensanchando la
sonrisa con las cosas que dice y hace. En algo hay que creer. En las creencias
se construye la esperanza. No se puede vivir sin esperanzas, es el motor de
nuestras vidas, el horizonte. En este mundo cristiano en el que estamos, hemos
dado por fenecidas demasiadas esperanzas, hemos retirado el afecto a demasiadas
ideas. Hemos perdido la fe en demasiadas personas, personalidades e instituciones,
que otrora nos parecían merecedoras de nuestro crédito, de nuestro apoyo.
Referencias ilusionadoras ante las que muchos nos hemos puesto a disposición con
resultados frustrantes cuando no infamantes. Que este hombre ahora nos diga que
empezará a controlar e impedir la corrupción desde dentro de su ámbito en el
Vaticano y entre las sotanas, ya es algo. Algo al menos agradable de oír, y que
atribuye esperanzas de propagación entre la cristiandad. Este hombre que hable
de señalar y resolver las miserias del más aquí, dejando para después el más
allá, cuando el más allá hasta ayer era prioritario, exclusivo y excluyente; ya
es algo diferente. Y los algos diferentes
son muy bienvenidos, puesto que estamos saturados de idiotas y de sus idioteces. Es imperiosamente necesario conseguir
un discurso integrador sin ínfulas de uniformidad; coherente sin pretensiones
de absoluto; concreto y suficiente para un desarrollo tranquilo y continuado, sostenible y realizable.
Barcelona
a 11 de octubre del 2013.- RRCH
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